Marcharon en compañía por un buen rato conversando alegremente, hasta que encontraron a un hombre que miraba con mucha atención hacia arriba.

—¿Qué hace, amigo?—preguntó Comín.

—Aquí estoy aguaitando a una aguilita que anda muy altazo por las regiones del cielo.—Y haciéndoles los puntos con una carabina que tenía al lado disparó. Nada divisaban ni Comín ni Escuchín, por más que miraban, pero como un cuarto de hora más tarde percibieron un puntito negro que poco a poco se fué agrandando, hasta que, por fin, media hora después del disparo, vieron caer a sus pies una águila.

—¿Y cómo se llama usted?[{113}]

—Aguaitín, Aguaitón, hijo del buen Aguaitador.

—¿Por qué no vamos juntos a rodar tierras?

—No, señor, déjeme aquí, que lo paso muy entretenido cazando pajaritos.

—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además un premio de un millón de pesos.

—Si es así, lo acompañaré, por tratarse de una aventura que no se ve todos los días, y yo me muero por las aventuras raras.

Siguieron andando los tres, departiendo amigablemente, hasta que llegaron a la orilla de un gran río, muy ancho y muy correntoso, y en la margen opuesta vieron a un hombre que con pies de cabra formaba una represa.