Y despidiéndose de Comín, se fué el viejito por un lado y Comín por otro.
A poco andar Comín encontró a un hombre que estaba tendido en el suelo y con una oreja pegada a la tierra.
—¿Qué hace amigo?—preguntó Comín.
—Estoy oyendo a unos pimeos que discuten acaloradamente sobre una carrera, y estoy muy entretenido con la disputa que tienen acerca de si ganó este caballo o ganó el otro.
—¿Y cómo se llama usted?
—Escuchín, Escuchón, hijo del buen Escuchador.
—¿Quieres que vamos juntos a rodar tierras?
—No, señor, déjeme aquí, que estoy muy divertido con la carrera de los pimeos.
—Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.
—Vaya, pues, lo acompañaré por tratarse de una aventura poco común y yo soy muy amigo de las aventuras.