Y los cinco continuaron andando hasta que dieron con[{115}] uno que estaba con los calzones abajo aspirando aire a dos carrillos.

—¿Qué está haciendo amigo?

—Preparándome para rosar esa montaña y esa risquería que ahí se divisan, porque pienso sembrar en ellas.

—¿Pero cuánto tiempo se va a demorar en rosarlas, cercarlas y sembrarlas?

—Un ratito no más, pues; va usted a ver con qué facilidad lo hago.

Los hizo retirarse a un lado, y después de aspirar más aire comenzó a lanzarlo por el trasero con tanto tino que los troncos de los árboles y los riscos, que volaban en todas direcciones, al caer iban formando una cerca perfectamente hecha y el terreno quedó completamente limpio, en punto de ararlo.

—¿Y cómo se llama usted?

—Peín, Peón, hijo del buen Peorrón.

—¿Por qué no se viene con nosotros? le pagaremos bien. Vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. Habrá, además, un premio de un millón de pesos, que se repartirá entre ustedes.

—Si es así, dejaré este trabajo para otra vez y me iré con ustedes.