Y los seis siguieron la interrumpida marcha y por fin llegaron al castillo del Rey, que los recibió en presencia de la Reina, de la Princesa y de toda la Corte.

Se adelantó Comín, que hacía de jefe de los recién llegados, y respetuosamente habló así al Rey:

—Después de muchos días de penoso viaje llego a presencia de su Sacarrial Majestad a pretender la mano de vuestra hija Hermosura del Mundo, para lo cual me comprometo a hacer en tres días como su Sacarrial Majestad lo exige, un castillo tan lindo o mejor que el de su Saca[{116}]rrial Majestad, de sólo tres azuelazos, y no espero para levantarlo sino saber si siempre su Sacarrial Majestad mantiene su promesa, y en caso de que sí, que se me indique el sitio en que debo construirlo.

La Princesa, que estaba sentada a la izquierda del Rey (la Reina estaba a la derecha), le pegó en el codo y le dijo al oido:

—Papá, no quiero casarme con él, aunque haga el castillo de tres azuelazos; es muy gordo y muy ordinario; impóngale otras obligaciones.

La verdad es que hasta entonces no se habían presentado otros pretendientes que reyes y príncipes, y que Comín, ante ellos, tenía que parecer a Hermosura del Mundo un ser despreciable; así es que el Rey encontró razón a su hija, y en consecuencia de lo que ella pedía, contestó a Comín:

—Encuentro que es corta mi exigencia de hacer solamente un castillo en cambio de la mano de mi hija, así es que últimamente he decidido que a esa prueba se agreguen otros seis trabajos más, de modo que por todos sean siete.

—¿Y se podría saber de antemano cuáles son esos seis trabajos?

—Los iré diciendo uno a uno a medida que se ejecuten los anteriores.

—Está bien, señor, me someto a todas las exigencias de su Sacarrial Majestad.