—Esta tarde te la daré a conocer—contestó el monarca. (El Rey quería darse tiempo para consultar a su comadre bruja, y fué lo que hizo cuando Comín y sus compañeros se retiraron.)

—Comadre, ¿qué hacemos para que el castillo nos salga de balde y Comín no se case con Hermosura del Mundo?

—Pídale que en tres días le haga otro castillo igual o mejor en el aire.

—De veras, comadre, que esto no lo podrá hacer.

Mientras tanto Escuchín oía lo que el Rey y la Bruja conversaban y dijo a Comín y compañeros:

—En la mala estamos, amigos. Por consejo de la Bruja, el Rey va a mandar hacer a Comín un castillo en el aire igual o mejor que el de los tres azuelazos. Pero se me ocurre una idea que puede salvarnos: Comín ofrece hacer el castillo diciéndole al Rey que nosotros pondremos los maestros, pero que él proporcione los trabajadores y los materiales; los maestros serán tres loros que oigo hablar a siete leguas de aquí, como si fueran cristianos. Hay que irlos a buscar, enseñarles lo que deben decir y los ponemos en el aire, muy alto para que no los vean y desde ahí pidan los materiales.

—Pero ¿quién los va a buscar?

—Corrín puede ir por ellos.[{119}]

Fué Corrín y en un cuarto de hora estaba de vuelta con los tres loros.

Les enseñaron a las avecitas lo que tenían que hacer, y como eran muy inteligentes, en poco rato aprendieron la lección.