Todos se quedaron con la boca abierta.

Cuando volvieron en sí, Hermosura del Mundo dijo al Rey:

—Papá, ya le he dicho, por nada del mundo me caso con ese hombre.

—Si ya lo sé, hijita; no tenga cuidado, confíe en su padre.

Pero al otro día crecieron los temores de la Princesa: tercer azuelazo dado por Comín y el castillo que queda terminado. Pero ¡qué castillo, señores! Había que verlo! Ante él el del Rey parecía un mamarracho. Amigos, todos, todos sin excepción, al ver aquella maravilla, se cayeron de espaldas.[{118}]

Cuando volvieron de su estupor, dijo Comín:

—¿Por qué no pasamos a visitarlo?

Y se dirigieron al castillo presididos por el Rey.

¡Qué les diré de la admiración que produjeron los decorados, los tapices, y los muebles! No salían sino voces de alabanza de todos los labios y el Rey, enamorado del hermoso alcázar, resolvió quedarse viviendo ahí y dejar el otro palacio para la servidumbre. Pero a pesar de todo, la Princesa no se resolvía a dar su mano al gordo Comín.

—Señor,—dijo éste, una vez que el Rey y acompañantes recorrieron el palacio—¿cuál será la prueba a que vuestra Majestad me va a someter mañana?