Y entonces dijo Comín, cuya gracia no conocían sus amigos:

—Compañeros, ¿para qué estoy yo aquí? hace un montón de días que no como casi nada, así es que los cuarenta fondos puedo despacharlos en un suspiro; tengo apetito como un diacho.

Desde antes que aclarara, los cocineros del Rey se pusieron a preparar los cuarenta fondos de comida. ¡Puchas que echaban carne! Veinte terneros y veinte corderos tuvieron que descuerar y destripar. ¡Y papas! y porotos! y choclos! y cebollas! un saco de cada cosa vaciaron en cada fondo, fuera del arroz, del cilantro, yerbabuena y comino! Y como si todo eso fuera poco, al lado de cada fondo vaciaron una gran canastada de pan. Había para dar de comer a un ejército entero!

Comín, que veía los preparativos, se refregaba las manos de gusto. ¡Hacía tiempo que no comía hasta quedar satisfecho!

Dando las 12 el reloj del castillo, anunció el Cocinero Mayor que la comida estaba en punto y pidió que se adelantara el que debía comérsela. Comín se presentó y preguntó si ya podía comenzar.

—A la hora que quiera—contestó el Cocinero Mayor—pero no tiene de plazo sino hasta las 5 de la tarde para comérselo todo.

—¿Hasta las 5?—dijo Comín—va a ver que antes de las 2 van a quedar los fondos pelados.

Y así fué, en efecto; porque aquel hombre no puede decirse que comía, ni que tragaba, ni que engullía, sino[{121}] que devoraba todo lo que estaba a su alcance y las enormes presas de carne y las cucharonadas de papas, porotos, y cebollas y los panes desaparecían como por encanto al llegar a su boca, y llegaban incesantemente.

A las 2 de la tarde no quedaban ni rastros de aquel inmenso guisado, y el Maestro de Cocina y sus ayudantes vieron con asombro que no había necesidad de limpiar los fondos, porque tan limpios los dejó Comín que brillaban como patenas.

Comín dijo al Cocinero Mayor: