Tempranito, al otro día, hizo llamar el Rey a Comín y a sus compañeros.
—Uno de ustedes y mi comadre van a llevarme cada uno una carta a Roma y si mi comadre vuelve primero con la contesta, los seis serán fusilados sin remisión. ¿Cuál es el que va a ir?
—Yo, señor,—dijo Corrín.
Y el Rey entregándoles una carta a Corrín y otra a la Bruja, los hizo colocarse uno al lado del otro, como cuando se colocan los caballos para correr, y diciéndoles “una, dos, tres”, salieron disparados como flechas, pero todavía no salían de la ciudad y ya Corrín se les perdió de vista y no había ni luces de él. Cuando Comín venía de vuelta con la contesta, la Bruja no llevaba andado ni la mitad del camino de ida; la Bruja lo divisó desde lejos y viéndose perdida, se transformó en una linda jovencita y lo esperó sentada en una piedra, a la sombra de un árbol.
—¿A dónde va tan ligero, señor, con tanto calor como hace? Siéntese un ratito a descansar y sírvase estos membrillitos para que se refresque;—y le mostraba dos hermosos membrillos, que llegaban a estar fragantes.
Corrín no resistió la tentación y se sentó al lado de la joven. Conversaron un rato y después dijo él:
—Voy a dormir una siestecita, tengo tiempo de más para cumplir mi encargo;—y se recostó en la falda de la[{124}] Bruja, la cual, en cuanto Corrín se quedó dormido, le puso adormideras en la cabeza para que no despertara tan luego, le sacó del bolsillo la carta que traía de Roma y partió con ella de regreso, dejando a Corrín con la cabeza apoyada en la piedra en que acababa de estar sentada.
Pero todo lo que hablaron Corrín y la Bruja transformada en niña lo oyó Escuchín y les dijo a sus compañeros:
—Perdidos somos, amigos; la Bruja ha hecho tal y cual cosa, le ha robado la contesta a Corrín, a quien ha puesto adormideras en la cabeza, y lo ha dejado durmiendo y la maldita vieja estará de vuelta, con la carta, en un par de horas.
—No hay cuidado dijo Aguaitín; desde aquí veo durmiendo a Corrín y lo voy a despertar, y al mismo tiempo castigaré a la Bruja.