Se adelantó Tomín:

—A mí me toca, Sacarrial Majestad, desempeñar esa prueba. Puede su Sacarrial Majestad encerrarme en la bodega a la hora que quiera, con la seguridad de que sus deseos serán cumplidos.

Y efectivamente, cuando el Rey abrió la bodega, a las 5, vió con asombro que los toneles estaban completamente secos.

—Pero, hombre, por Dios ¿cómo has podido beber tanto?

—Señor, es que yo no tomo sino en dos ocasiones: cuando tengo sed y cuando no la tengo.

—Se comprende, entonces; aunque no lo encuentro muy claro.

—Comadre, le dijo a la Bruja una vez que quedaron solos,—voy saliendo mal con sus consejos; si siguen así las cosas, tengo que largar el millón de pesos y dejar que Comín se case con Hermosura del Mundo; es preciso que se le ocurra algo más difícil, algo que ninguno de estos bárbaros pueda hacer.

—Mire, compadre, esta vez si que la sacamos bien con seguridad: dígale que uno de ellos tiene que apostar con[{123}]migo a cuál llega primero a Roma con una carta que su Majestad, nos entregará y si yo llego primero con la contestación, ellos perderán, vuestra Majestad los manda fusilar y el Castillo le sale gratis y Hermosura del Mundo no se casa con Comín.

—Compañeros,—dijo Escuchín a sus amigos—perdidos somos; el Rey, por consejo de la maldita Bruja, va a hacer que uno de nosotros apueste con la Bruja a cual vuelve primero con la contestación de una carta que han de llevar a Roma, y si gana la Bruja nos fusilan a todos.

—¿Y para qué estoy yo aquí—dijo Corrín—sino para correr con quien quiera?