Al día siguiente se celebró el fausto acontecimiento con un gran banquete, al que concurrió toda la familia real y los jóvenes salvados por Domingo. El fué, naturalmente, el héroe de la fiesta, y a cada momento se le aclamaba.

Invitado por el Rey a que escogiera la que más le agradara para esposa, entre las jóvenes salvadas por él mismo, todas las cuales eran de sangre real, fijó su atención en una que descollaba entre todas por su aspecto dulce y modesto. Era prima de la princesa, mujer de su hermano, y muy querida del Rey y de ella.[{154}]

Con ella se casó y fijaron su residencia en el antiguo castillo de la «Torderás, irás y no volverás», el que, libre de la maléfica influencia del Culebrón y de sus servidoras, se había transformado en una espléndida mansión. Domingo le cambió el fatídico nombre con que era conocido, por el de «Castillo de la Torderás, si a él vas, contento volverás»; y en efecto, quien lo visitaba salía plenamente satisfecho de la magnificencia con que era atendido por sus dueños.

Francisco y Domingo no olvidaron a sus padres en la prosperidad: los llevaron a su lado y los honraron como buenos hijos. Dios los premió, haciéndolos felices hasta el fin de su vida, que fué larga y se deslizó dulcemente, sin penalidades ni contratiempos.

Y aquí se acabó el cuento, y se lo llevó el viento, y se entró por la puerta de un convento; los frailes, que lo oyeron, quedaron muy alegres; los mochos y sirvientes se cayeron de contentos.

19. EL COMPADRITO LEÓN, POTITO QUEMADO.
(Contado por Beatriz Montecinos, de Talca, de 50 años, en 1911).

Este era un Rey muy rico, que tenía un Monito muy ladrón, y el monito iba todas las noches a robarle charqui para comérselo con sus amigos.

Un día fué el Rey a la bodega para ver cuanto charqui le quedaba porque lo iba a vender al día siguiente. El Rey, al entrar a la bodega, se cayó de espaldas del[{155}] susto que le dió porque encontró tan poquito charqui. Llamó entonces al Mayordomo y le dijo:—¿Tú has vendido charqui? El Mayordomo le contestó:—Yo no, su mercé; yo para nada he entrado a la bodega y ni siquiera he visto el charqui.

El Rey se puso a contar el charqui para ver si en la noche se lo iban a robar; una vez que contó los líos, llamó a sus mozos y les mandó que toda la noche hicieran ronda por la orilla de la bodega y pudieran pillar al ladrón, advirtiéndoles que a la mañana siguiente vendría a saber lo que había pasado.

Los pobres mozos casi se murieron de frío en la noche, y no vieron a nadie.