La Zorra iba toda rabiosa porque la habían cazado; pero dijo:

—¡Ya me las pagará el Monito de miéchica!—y lo llevó por unos potreros donde había muchos campesinos.

El Monito como iba diciéndole:—Puchas que me ha salido rica la potranquita,—no se fijó por donde lo llevaba.

Cuando los campesinos vieron a la Zorra, creyeron que se iba a comer las gallinas y le echaron los perros. La Zorra se arrinconó a la orilla de la zarzamora; pero como vió que no estaba segura porque los perros ya se la comían, miró para un lado y otro a ver si había por donde arrancar; y ha merecido ver un portillito, hijito de mi alma, pues, y las ha envelado como un diablo dejando al pobre Monito encajado en la zarzamora, donde lo pillaron los perros y se lo comieron sin dejar ni tampoco un huesito ni para un remedio.

La comadre Zorra, del susto que lleva, está corriendo todavía; y colorín colorado, el cuento está acabado, y pase por un zapatito roto para que usted me cuente otro.

El cuento que sigue, contado por la misma Beatriz Montecinos, es una variante de la parte final del que acaba de leerse.

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20. EL MIÑACO[E]
(Beatriz Montecinos)

Esta era una viejita que tenía un hijo, muy chiquito, pero muy habilosazo y se llamaba Miñaco. Un día le dijo a la madre que iba a buscar empleo y se fué adonde un León que tenía barra para poner a los presos, y entonces estaba la Leona cuidándolos, y se fué a hacer el trato adonde don Leonardo, que era el León, y le dijo que lo tomaba para irle a dejar el almuerzo y la comida a la Leona. De tanto viaje, ya se aburrió y dijo que iba entonces a matar a la Leona, para no ir más.

Como dos días se estuvo previniendo, machacando ají, pimienta y sal y de otras cosas fuertes para matar a la Leona.