La malvada vieja, madrina de Delgadina, que estaba presente, se ofreció para acompañarla:—«Compadre,—le dijo al caballero—usted no soportará su dolor si el Rey quiere dejarla; yo la llevaré».—El caballero accedió, porque verdaderamente ya sufría mucho.
Se embarcaron en un buque Delgadina, la vieja y la hija de ésta.
Cuando ya habían navegado tres días y el buque estaba muy distante de la costa, la vieja dijo a su hija:
—«Matemos a Delgadina y la echamos al mar, y yo haré que el Rey se case contigo».—«No la matemos,—le dijo la hija;—saquémosle los ojos no más y la echamos al agua».
Y así lo hicieron. Una noche esperaron que Delgadina[{22}] estuviese bien dormida, le arrancaron los ojos y la arrojaron a las olas.
Pero aconteció que la niña, en vez de caer al agua cayó en el bote de un viejo pescador que en ese preciso momento pasaba al lado del buque, sin lo cual habría perecido seguramente.
Dejemos por un momento a Delgadina.
Llegó la vieja con su hija donde el Rey, y postrándose a sus plantas, habló de esta manera:—«Señor, mi esposo, a quien Vuestra Majestad ordenó trajera a su presencia a nuestra hija Delgadina, muy a su pesar no ha podido concurrir, pero me encargó a mí que yo la trajera, y hela aquí, pero debo advertir a Vuestra Majestad que con la navegación ha perdido la virtud que tenía de que al mojar sus manos y sacudirlas le brotaban de ellas onzas de oro, y que no la recuperará hasta que se case y tenga un hijo».
El Rey creyó lo que la vieja le dijo, y a pesar de que la muchacha le era muy antipática, se casó con ella.
Ahora volvamos a Delgadina.