El viejo pescador en cuya barca había caído Delgadina era muy pobre y con el producto de su trabajo ganaba apenas para sustentar a su mujer y a sus pequeños hijos; pero el hombre era bueno, tuvo lástima de la pobre ciega, y vistiéndola de hombre la llevó a su choza, donde fué recibida como miembro de la familia. Todos la querían por su buen carácter y procuraban con su cariño y atenciones hacerla olvidar su desgracia. En el pueblo no maliciaban que era mujer y la llamaban Delgadino.
Un día que estaban conversando sentados en la puerta del ranchito, pasó frente a ellos un leñador con su carreta cargada de leña.—«¿Qué lleva esa carreta, taitita?» preguntó Delgadino al viejo.—«Leña, hijito», le contestó él.—«Y por qué no la compra».—«Porque no tengo plata, pues, hijito».—«Taitita, lléveme para adentro», le dijo Delgadina.
La llevó para adentro el viejo y cuando estuvieron en la pieza Delgadina le pidió que le trajese una palangana con[{23}] agua y que la dejase sola por un instante. Cuando el pescador se fué, Delgadina metió las manos en el agua y sacándolas las sacudió repetidas veces, y de cada sacudida caían a chorro de entre sus dedos las onzas de oro.
Delgadina llamó al viejo.—«Tome esas monedas, taitita, le dijo, y compre la leña y lo demás que necesite, porque toda esa plata es suya.»
El viejo pescador compró con las onzas una gran casa y allí se instaló la familia con toda clase de comodidades. Ya habían dejado de ser pobres, no necesitaban trabajar, de nada les faltaba, vivían felices.
Una mañana Delgadina fué sorprendida con el llanto y los gritos de angustia de su familia adoptiva. Quiso saber qué había ocurrido, y el viejo, entre sollozos le dijo:—«¡Ay, Delgadino! esta mañana mandé al mozo con mi hijito menor al campo y de repente salió de debajo de un gran peñasco que hay a la orilla del camino, un enorme Culebrón que se llevó a mi hijito. ¡Ya se lo habrá comido! Ay, ay, ay! pobre hijito mío! ya no te veremos más!»
Delgadina se entristeció mucho, porque el niño arrebatado por el Culebrón había sido siempre muy cariñoso con ella y era su regalón; pero pensaba entre sí que el Culebrón bien podía ser la culebrita que ella había criado, y le dijo al viejo que la llevara al lado del peñasco. El viejo no quería; sin embargo, después de mucho rogarlo Delgadina, consintió en ello y la condujo hasta el pie del peñasco.
Ellos que llegan y el Culebrón que aparece arrastrándose suavemente y llevando sobre sus espaldas al niño, que iba risueño, sano, sin el menor rasguño y cargado de regalos.
El Culebrón le dijo al viejo:—«Te entrego a tu hijo, vivo, pero con la condición de que le saques los ojos, y se los pongas a Delgadina, y si no lo haces yo lo mataré y yo mismo se los sacaré. Vestirás a Delgadina de mujer con los vestidos más ricos que encuentres; e irás a la ciudad gritando por las calles que el Culebrón va a salir y se va a comer a chicos y a grandes»; y desapareció inme[{24}]diatamente sin dar lugar a que Delgadina le pidiera, como era su intención, que no dejaran ciego al niño, que ella se había acostumbrado ya a no ver la luz y que vivía contenta como estaba.
El viejo no tuvo más remedio que hacer lo que el Culebrón le había mandado. Era preferible tener a su hijo ciego que muerto, y por otra parte Delgadina había sido tan buena con ellos.