Los bandidos, que estaban en el mirador, la vieron, y bajó uno a preguntarle si conocía a alguna médica que supiera curar heridas.
—Yo soy médica—le contestó Juan—y no hay quién me gane a curar heridas.[{182}]
Entonces la llevó a presencia del capitán, y tras ellos siguieron los demás bandidos.
Examinó Juan las heridas con mucho cuidado y en seguida mandó a los bandidos a la ciudad que fuesen a buscar una pomada que era muy escasa, y que cada uno pasase a una botica diferente, por si los otros no la encontraban.
Salieron los bandidos, unos por un lado, otros por otro, y Juan subió al mirador a aguaitarlos, y una vez que se aseguró de que iban lejos, sacó el sable y acabó con la vida del capitán.
Después de lo cual, se llenó los bolsillos de plata, anillos y prendedores de oro, que encontró en gran cantidad en la pieza del capitán, y se fué a casa de su comadre, en donde se lavó bien y se vistió de hombre.
Cuando volvieron los bandidos, se encontraron con su capitán muerto y se dijeron:—«Pillados somos, vámonos de aquí»—y se fueron para Chillán.
Juan, que los había seguido, cateándolos, en cuanto vió que no volvían, se fué con sus padres y unas carretas a la casa de los bandidos y a hachazos echaron las puertas abajo y se llevaron todo cuanto encontraron, dejando la casa totalmente desnuda y quedando ellos muy ricos.
Poco tiempo después volvieron los bandidos y no hallaron sino las murallas peladas. Entonces comenzaron a averiguar quién en la ciudad se había hecho rico de repente en los últimos días, y supieron que Juan Valiente, el de la vaquilla, se encontraba en este caso.
Se propusieron entonces saltearlo y matarlo, porque no dudaron que él era el que había matado a su capitán y robado todos sus bienes; pero Juan, que no se descuidaba, sabía que los bandidos habían vuelto y que habían de atacarlo de un momento a otro.