Juan tuvo mucha pena y llorando decía:—«Me la han de pagar estos badulaques».
Mientras comían y bebían, los bandidos formaban una gran zalagarda. El capitán los hizo callar y les dijo:—«Vámonos a dormir y mañana subimos al mirador a ver si pasa alguna niña para divertirnos con ella».
Esto que oye Juan, sale calladito y se va a casa de una comadre a pedirle ropa de mujer, se vistió con ella, se puso colorete, se empolvó y debajo de las polleras escondió un sable bien afilado.
Ya entrada la mañana, salió y pasó por frente a la[{181}] casa de los bandidos, imitando el modo de andar de las mujeres.
Los bandidos estaban en el mirador, y en cuanto la vieron, bajaron a invitarla a tomar un refresco, porque hacía mucho calor. Ella aceptó y le sirvieron licor y le pasaron la guitarra para que los divirtiera tocando y cantando.
En la tarde, el capitán echó a los bandidos que se fuesen a la montaña, diciéndoles:—«Yo me quedaré aquí con esta prenda».
Se fueron los bandidos; y mientras el capitán, vuelto de espaldas, sacaba vino de un barril, Juan se arremangó las polleras, sacó el sable y dió al jefe de los ladrones dos o tres feroces cuchilladas y arrancó a esconderse en el mismo pajar.
El capitán, que había quedado herido solamente, gritaba como un condenado, tanto y tan fuerte que los bandidos que estaban en la montaña oyeron los gritos y creyeron que el capitán habría matado a la niña, y fueron corriendo a ver lo que había sucedido.
Cuando entraron, hallaron el cuerpo del capitán en el suelo, muy mal herido; lo tomaron, lo pusieron en la cama y uno dijo:—«Mañana temprano salimos a buscar a alguna vieja médica yerbatera para que cure al capitán».
Juan, que oyó esto, se fué inmediatamente a casa de su comadre, y ahí, con untos y pomadas, se pintó arrugas en la cara, tan bien que parecía una verdadera vieja, y vistiéndose con muy pobres vestidos y llevando escondido el mismo sable, se fué de madrugada a dar vueltas por frente a la casa de los bandidos, haciéndose la que buscaba yerbas.