Los otros dos hermanos también se habían casado, pero sus mujeres eran hermosas y ricas.
Cuando ya se aproximaba el término del año, Pedro y José pensaron en volver a palacio, y ocupando lujosos carruajes, partieron con sus esposas, que iban elegantemente ataviadas.
Al pasar por la casita de la laguna, vieron a Juan en la puerta, lo saludaron sin bajarse de sus coches y le[{186}] pidieron les presentase a su mujer. Antes que Juan contestara, saltó la Sapita y les dijo:
—Yo soy la mujer de Juan, y dentro de poco nos juntaremos con ustedes en el lugar convenido.
Los dos príncipes y sus mujeres, al ver tan singular esposa, soltaron una carcajada y dijeron a Juan:
—¿Cómo te atreverás a presentarte ante nuestros padres acompañado de esa horrible sapa casposa?
—Esta ha sido mi suerte—respondió Juan—y estoy contento con ella; esta horrible sapa, como ustedes la llaman, es mi mujer, me ha hecho feliz y con ella iré a postrarme ante mis padres.
Los dos príncipes partieron y convinieron en seguir a palacio sin esperar a Juan en la encrucijada. Creían que el premio se disputaría entre los dos solamente, pues no les pasaba por la imaginación que se asignara al marido de una sapa. ¿Y los regalos que Juan debía presentar? ¿De dónde habría sacado dinero para comprarlos? La casita en que vivía, modesta por demás, demostraba, a las claras, su probreza. Pero, como dice el refrán, el hombre prepara y Dios dispara, y a esos malos hermanos les salió el tiro por la culata.
Transcurrida una hora, la Sapita dijo a Juan:
—Ya es tiempo de que nos vamos. Ve al huerto y encontrarás dos burritos: amárralos al viejo carretón que está detrás de la casa y subamos a él en compañía de la señora que tanto y tan bien nos ha cuidado. Los burros conocen el camino que han de seguir y saben lo que han de hacer. En esta cajita hay dos nueces; cuando llegue el momento de entregar los regalos que debes presentar a tus padres, a cada uno le pasarás una nuez y les rogarás que las abran. Y vámonos.