Los burros emprendieron un trotecito muy cundidor y el carretón, que parecía que de un momento a otro se iba a desarmar, de puro viejo, crujía como un diablo, pero nada malo le pasaba. Después de algunas horas de marcha, encontraron en el camino a Pedro, cuyo lujoso[{187}] coche se había volcado y hecho pedazos, maltratando a su mujer y dejándola tuerta para toda su vida, pues una astilla desprendida del carruaje le arrancó un ojo. Con estos contratiempos, Pedro estaba con un genio de mil demonios; así es que cuando la Sapita les ofreció a él y a su mujer un sitio en el carretón, en vez de agradecérselo, la echó a buena parte.
Una nube de tristeza cubrió el rostro de Juan, que no pudo oir sin profundo dolor las palabras poco amables de su hermano; pero la Sapita, que parecía leer en el pensamiento de su marido, le dijo al punto:
—Desecha tus penas, hijo; no le hagas juicio a tu hermano; pronto terminarán nuestros pesares y seremos completamente felices.
Y los burros emprendieron de nuevo su marcha, y no se detuvieron sino un poco más adelante, en que encontraron a José, a quien se le habían encabritado los caballos, despedazándole el coche a patadas, una de las cuales aplastó la hermosa nariz de su mujer y la dejó completamente ñata para todos los días de su vida. José estaba que no cabía en sí de rabia, así es que cuando Juan se ofreció para ayudarlo, o si mejor le parecía, para llevarlos a él y a su esposa en el carretón, se desató en insultos contra él y la Sapita, a quien llamó asquerosa.
Juan no dijo nada, pero el dolor lo consumía. La Sapita le dijo:—“¿Por qué está triste? No haga juicio de los denuestos de su hermano; ¿no ve que son hijos de la desgracia que ha sufrido? Alégrese, que ya falta poco para que terminen nuestras penas”.—Y para consolarlo le cantó una de las más bellas canciones que sabía, la que más le gustaba a Juan.
Mientras tanto los burritos seguían su menudo trote y no tardaron en llegar a orillas de un arroyo que pasaba muy cerca de la ciudad en que residían los reyes. La Sapita dió un salto y se metió en el agua y en el mismo instante se convirtió en la más hermosa princesa que jamás vieron ojos humanos. El Príncipe se arrodilló a sus[{188}] pies y extasiado le besaba las manos. La Princesa le dijo:—Príncipe, es preciso que lleguemos hoy a palacio; vuestros hermanos han comprado nuevos coches y se acercan a mata caballos. Subamos al nuestro, que por muy despacio que nos lleve, siempre llegaremos antes que ellos.
Sólo entonces el Príncipe se dió cuenta de nuevos cambios maravillosos: su traje, completamente nuevo, era de un valor extraordinario; la anciana señora que les había servido de ama de llaves, era una hermosa dama elegantemente vestida; los burritos se habían transformado en dos preciosos caballos ricamente enjaezados; y el carretón se había convertido en una carroza tan linda que seguramente no se encontraría otra igual en cocheras reales.
Llegaron a palacio, y los reyes experimentaron la mayor alegría al volver a ver a su hijo menor y se sintieron deslumbrados ante la hermosura y elegancia de su nuera y la majestad de la señora que la acompañaba.
Después de besar y abrazar cariñosamente a Juan y a su esposa, les pidieron que les contaran sus aventuras.
Refirió el Príncipe cuanto le había pasado desde su salida; y la dama, cómo una bruja, por odio al Rey su esposo, que quiso arrojarla de sus estados, con sus malas artes mató al Rey y convirtió a la Princesa en una sapita, dejándole sólo su hermosa voz y condenándola a vivir en esa condición hasta un año después que un príncipe consintiera en casarse con ella; y como hoy se cumplió el año en que el príncipe Juan contrajo matrimonio con mi hija, la veis transformada en lo que era cuando la bruja se ensañó contra nosotros.