Terminaba la dama su relato cuando entraron Pedro y José con sus respectivas consortes, tuerta la del primero, y con la nariz quebrada la del segundo, y ambas con sus trajes sucios y despedazados, pues no habían tenido tiempo de comprar otros nuevos, por temor de llegar atrasados.[{189}]
Grande fué también el gusto que manifestaron los reyes con la llegada de sus dos hijos mayores, pero el alma se les fué a los pies al ver la facha de sus mujeres: ¡la una tuerta y con la mitad del rostro hinchado, y la otra con la nariz desparramada por toda la cara! ¡El contraste era grande entre ellas y la mujer de Juan! No había duda: el premio le correspondía a éste. Pero ¿y si los obsequios que debía traer Juan eran inferiores a los de Pedro y José? Era necesario verlos para resolver.
Convocaron a los grandes de su Corte para que sirvieran de árbitros, y ante ellos fueron presentando sus regalos los tres príncipes. Pedro, como mayor, se acercó el primero y entregó un valioso cofre de cedro como de media vara, y abierto, sacaron una pieza de tela de seda que mediría unas veinte varas, muy hermosa, muy fina, con bordados preciosísimos; de otra caja sacaron un lindo perrito, de una cuarta de alto, más o menos. Una y otra cosa merecieron ruidosos aplausos, y en verdad que los merecían.
Siguió José, que abriendo un cofre de plata de las mismas dimensiones que el entregado por Pedro, sacó otras veinte varas de tela, también de seda, pero más fina, más rica y más hermosa que la de su hermano. El perrito era también más lindo, y más chiquitín que el de Pedro. Estos obsequios valieron a José una salva de aplausos más larga y bulliciosa que la anterior.
Por último, acercóse Juan, que respetuosamente entregó al Rey una de las nueces que le había dado la Sapita, y la otra a la Reina, y les rogó las abrieran. Hiciéronlo sin esfuerzo, pues casi se abrieron por sí solas, y la Reina sacó de la suya una tela primorosamente tejida, de finísimo hilo de oro y que medía mil varas de largo, ¡cómo sería de fina que toda cabía en la cáscara de una nuez! De la que abrió el Rey saltó a la mesa que estaba frente a los monarcas un perrito tan diminuto, tan bellamente lindo que causó la admiración de todos los presentes. El perrito se puso a bailar y en cada vuelta que[{190}] daba lanzaba perlas y diamantes y toda clase de piedras preciosas. No son para contar los aplausos con que fueron recibidos ambos objetos y las aclamaciones y vítores que obtuvo la declaración del Rey de que Juan, el menor de sus hijos, sería el heredero del trono.
Y se acabó el cuento y se lo llevó el viento.
24. GALLARIN Y EL GIGANTE.
(Contado en Febrero de 1923 por el maestro carpintero Tránsito González, de 57 años, residente en Peñaflor.)
Vivían en un pueblo tres hermanos. Los dos mayores, Juan y Pedro, eran grandes envidiosos; en cambio, Gallarín, el menor, gozaba de la simpatía de todo el mundo por su bella presencia y sus buenos sentimientos.
Un día se les antojó a los dos primeros salir a rodar tierras y no querían que el menor los acompañara; pero a fuerza de súplicas consiguió que lo llevaran.
Anduvieron todo un día, y en la noche llegaron a un castillo en que les dieron alojamiento.