—Majestad, lo que yo pretendo es lo que más amáis: solicito la mano de vuestra hija.

El Rey, que se imaginaba que Gallarín le pediría riquezas y honores, tal vez un título de grande del reino, al oir su petición, dió un salto y casi se cayó del trono.

—Pero ¿cómo te atreves a mirar tan alto? medita un poco en quién eres tú y en quién es mi hija, mide la distancia que hay entre ambos y ve si es posible tal unión.

—Es cierto, Su Sacarrial Majestad, que una princesa no debe casarse sino con un príncipe por lo menos; pero en manos de Su Sacarrial Majestad está el hacerme príncipe a mí, y entonces ni ella se rebajará ni yo me enalteceré al casarnos, pues seremos iguales.

La Princesa no pudo contenerse y aplaudió a dos manos exclamando:

—¡Bien, Gallarín, muy bien!—Con lo cual, impensadamente dió a conocer sus sentimientos hacia su pretendiente, así es que el Rey no tuvo más remedio que acceder a los deseos de los dos jóvenes.

Gallarín fué hecho príncipe y se casó con la Princesa en medio del entusiasmo de todo el pueblo, que los amaba y respetaba. Y fueron felices durante su larga vida, como lo merecían por sus virtudes.[{201}]

25. SALIR CON SU DOMINGO SIETE

Había una vez un jorobado, buena persona, que llevaba su desgracia con paciencia, y no era envidioso ni amigo de burlarse del prójimo, como son casi todos los que tienen el espinazo quebrado; y este buen hombre salió un día a hacer una diligencia a un pueblo inmediato al suyo y no pudo regresar hasta la noche. Al pasar por un sitio extraviado, vió, desde un matorral, un corro de brujas, las cuales, tomadas de las manos, daban vuelta bailando y cantando:

Lunes y Martes, Miércoles tres,