sin cambiar este estribillo. El jorobadito, que era nervioso y vivo de imaginación, viendo que las brujas no salían de la cantinela
Lunes y Martes, Miércoles tres,
no pudo contenerse y desde su escondite gritó:
Jueves y Viernes, Sábado seis.
Las danzantes no cupieron en sí de gozo al ver tan lindamente completado su canto, y, agradecidas, resolvieron premiar a la persona que había tenido tan feliz inspiración. Llevado el joven al medio del corro, una propuso darle un palacio; otra, todo el oro que deseara; la de más allá, hacerlo rey; pero el jorobadito, que oía la discusión muy complacido, les dijo:—«Yo me contentaría y me daría por muy feliz con que hicierais desaparecer mi joroba y me asegurarais lo suficiente para tener un buen pasar»,—gracias, ambas, que inmediatamente le fueron acordadas.[{202}]
Al día siguiente nuestro ex-jorobado tropezó en la calle con un amigo que sufría del mismo mal de que él tan felizmente había sido curado por las brujas. El amigo se extrañó de verlo tan cambiado y casi no lo conoció, pues la ausencia de la joroba había convertido al antiguo corcovado en un real mozo. A la pregunta que le hizo el amigo, a quien la envidia roía las entrañas, de cómo había ocurrido tal metamorfosis, el interrogado le refirió la aventura, y el giboso se prometió ir esa misma noche al sitio en que las brujas se reunían; y así lo hizo, ocultándose en el mismo matorral desde donde su amigo había presenciado el baile. Momentos después llegaron las brujas y comenzaron la danza, cantando:
Lunes y Martes, Miércoles tres,
Jueves y Viernes, Sábado seis.
El segundo jorobado, que también deseaba ver desaparecer su corcova, imitando lo que su amigo había hecho, quiso agregar algo a los versos que cantaban las brujas, y cuando por cuarta o quinta vez repetían
Lunes y Martes, Miércoles tres,
Jueves y Viernes, Sábado seis,
muy ufano exclamó: