Domingo siete.
Las brujas detuvieron inmediatamente la danza y unas a otras se miraron contrariadas.
—¿Quién es el estúpido que ha venido a perturbar nuestro hermoso canto?—dijo una.
—Busquémoslo—contestó otra.
Y sin gran trabajo encontraron al pobre jorobado, que temblaba de miedo ante la ira de aquellas mujeres, y lo arrastraron al medio del corro.[{203}]
—¿Qué castigo daremos a este miserable?—preguntó la que hacía de jefe.
—Que le salgan cuernos y rabo—dijo una.
—Que cuando hable eche sapos y culebras por la boca—repuso otra.
—No—exclamó una tercera,—por su impertinencia merece que le obsequiemos con una segunda joroba.
—¡Eso es! Eso es!—gritaron todas.