—¿Qué nuevas hay por aquí, señor guardia?

—¿Qué nuevas han de haber? Que mañana se casa la Princesa, que estaba encantada, y que no era otra que la Lorita que te llevaste en cambio del almud de plata.

Cuando esto oyó, le entró al Huacho una gran pensión; pero, acordándose de su gorra, se la puso, y por el aire se entró al cuarto de la Princesa, que estaba custodiado por siete soldados moros.

Y entonces el Huacho, que no se había sacado la gorra, le dijo a la Princesa:

—Si eres tú la Lorita que yo me llevé por un almud de plata ¿por qué me has dejado solo?

Y la Princesa se asustó tanto que se puso a gritar, y vinieron los siete soldados moros, y el Rey y la Reina a ver lo que pasaba.

El Huacho, como estaba invisible, para que no tropezaran con él se acurrucó en un rincón, y como los que entraron a la pieza nada vieron ni a nadie encontraron, se volvieron, el Rey y la Reina a sus cuartos y los soldados moros a su puesto.

Al rato que todos se fueron, volvió el Huacho a hablar y otra vez la Princesa gritó que había gente en su pieza, y entraron de nuevo el Rey y la Reina y los soldados, y como tampoco encontraron a nadie, se enojaron mucho y se fueron, diciéndole a la Princesa que no fuera a gritar otra vez, porque no le harían caso a sus gritos. Y salieron.

Esperó el Huacho un momento, y acercándose a la Princesa le dijo que no tuviera miedo, que él había hecho un viaje tan largazo por el amor tan grande que le tenía y que de ninguna manera permitiría que fuera a casarse con un hombre que no la quería como él; y se quitó el gorro.

Entonces la Princesa conoció al Huacho y se tranquilizó, y le contó todo lo que había pasado y que ella se casaba contra su voluntad y que a nadie quería sino a él,[{207}] que había despreciado la plata por ella, y la había cuidado tanto y hasta había tenido que aguantar los malos tratos de su madre.