Después de mucho pensar en lo que harían, convinieron que en la comida, antes del casamiento, la Princesa pidiera la gracia de que cada uno dijera un discurso y que él vería cómo ella salía bien del paso.
A la mañana siguiente dijo el Huacho al anillo:
—Anillito, dame un traje completo, todo bordado de oro y piedras preciosas, y yo que me ponga bien buenmozo.
Y así que acabó de hablar, quedó el Huacho hecho un príncipe de bonito y elegante y la Princesa muy contenta de verlo tan bien plantado. Y poniéndose el Huacho la pluma en el zapato y el gorro en la cabeza, se despidió de la Princesa hasta el otro día.
Al día siguiente, el Huacho, bien de mañana, le dijo al anillo:
—Anillito, haz que se me presente aquí un caballo de lo mejor y más lindo, bien aperado y con los aperos enchapados de oro y plata.
Y en el mismo momento se le puso un lindo caballo blanco por delante y montado en él dió un paseo por toda la ciudad, y todo el mundo se quedaba mirándolo con la boca abierta, porque nunca habían visto un príncipe tan bonito y elegante. Y al acercarse la hora del banquete, se fué al castillo y cuando el Rey lo vió decía:—“¿qué príncipe tan rico será éste?” Y él le dijo al Rey que era príncipe que dominaba en el aire.
Al comenzar el banquete, la Princesa pidió al Rey la gracia de que todos dijeran un discurso, y concedida que le fué, dijo la Princesa:
—Sacarrial Majestad, ¿qué será de más valor, una corona de oro o una corona de plata?
El Rey contestó: