El Diablo le propuso a un Campesino trabajar a medias, durante tres años. El Diablo pondría el terreno y el Campesino la semilla. Terminado el plazo del contrato, el campesino quedaría dueño del suelo.

Preguntó el hombre:—¿Y cómo haremos la partición?

El Diablo contestó:

—Yo tomaré lo que den las plantas arriba y tú tomarás lo que quede debajo de la tierra.—Y se fué.

Entonces el Campesino sembró papas, y cuando llegó el tiempo de partirse la cosecha, el Diablo tuvo que llevarse las matas y dejar las papas al hombre.[{209}]

El Diablo se repelaba, y pensó: esta otra vez no me harás leso; y dijo al hombre:—Este año yo tomaré lo que quede debajo de la tierra y tú serás dueño de lo que quede encima.

Se fué el Demonio y el Campesino sembró sandías y melones, y cuando el Diablo vino por la parte que le correspondía y vió que le tocaban puras raíces, y a su socio lindísimos melones y sandías, se puso a rabiar como un condenado (sic) y se arrancaba las mechas de ira.

El Diablo no se dió por vencido, y después de meditar un rato, dijo al hombre:—En el próximo año será para mí lo que produzcan las plantas en la parte de arriba y debajo de la tierra; lo que den en el medio será para ti.—Y se fué pensando con esto vencer al Campesino.

Pero el hombre, sembró maíz; y cuando el Diablo vino a reclamar su porción, los choclos correspondieron al Campesino y el Diablo quedó nuevamente burlado.

—Me la ganaste, rugió el Demonio, tuyo es el campo; pero después nos veremos la cara.