—Yo no soy el Hombre, señorcito. El Hombre vive más abajo todavía.

—Quieres hacerme creer que no eres tú y estás temblando de miedo. Y dime ¿te atreves a combatir conmigo? ¿De qué te sirve ese cuerpo tan enorme y esas defensas que tienes en la cabeza sino para triunfar de los que no son valientes como yo? ¡Peleemos inmediatamente, si te atreves!

—¡No, señorcito, por Dios! Si yo no soy peleador ni valiente! ya ve que el Hombre me tiene completamente manso, y una vez, cuando yo era más joven y quise sublevarme, me ató con unos lazos, me echó al suelo y me marcó la piel con un hierro candente, que todavía me escuece; ¿no ve, su señoría, la marca, aquí, en las ancas?... y aun me hizo otras cosas peores, que me avergüenza... Después me enyugó y me hizo tirar del carro a golpes de picana; y aquí me tiene, señor, padeciendo, hasta que al Hombre se le ocurra matarme para comerme.

—¡Tan grande y tan... vil! No sirves para nada. Me voy.—Y siguió bajando el cerro en busca del Hombre.

Ya divisaba los llanos regados, y al término de una quebrada vió un humo y después el rancho de una posesión de inquilino, y se acercó sin hacer ruido a los cercos.

El Perro del inquilino lo olfateó y salió a ladrarle. El León se sentó a esperarlo y pensó:—Este sí que ha de ser el Hombre; bien me habían dicho que no era muy grande; ¡a mí no me vence este enano!; pero todo no es más que bulla y no se atreve a atacarme.

El Perro le ladraba desde lejos.

—¡A ver, Hombre! cállate un poco. ¿Eres tú el Hombre?

—No soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.

—Así me parecía, porque, lo que eres tú, no aguantas ni el primer ataque. Ve y dile a tu amo que vengo a desafiarlo; deseo ver si es efectivo lo que dicen, que es el ser más valiente del mundo.