El León viejo estaba enfermo y poco después murió.
Después de llorarlo el León joven y de dejarlo cubierto con unas ramas que salió a buscar, pensó:—Ahora sí que no me quedo sin pelear con el Hombre; y bajó de la cordillera al valle para buscarlo.
Lo que primeramente encontró en una de las vegas que se forman en las quebradas de la cordillera, fué a un Caballo flaco.
—¡Bah!—dijo—ese no se atreverá conmigo. ¿Eres tú el Hombre?—le gritó.
—No soy el Hombre, señor.
—¿Quién es el Hombre, entonces?
—El Hombre, señor, vive más abajo, y es un animal muy malo y muy valiente; a mí me tiene completamente subyugado, y porque no quería entregármele, me metió unos hierros en la boca, me ató con correones, y con unas espuelas muy clavadoras que se colocó en los talones, se subió encima de mí y comenzó a darme pencazos y a clavarme las espuelas por los ijares, hasta que tuve que hacer su voluntad y llevarlo a donde se le antojaba, y en seguida me largó para estos rincones, en donde casi me muero de hambre.
—Eso te sucede por tonto. Yo voy a buscar al Hombre porque deseo ver si se encuentra capaz de pelear conmigo.
Más abajo, donde ya comienzan los potreros de serranía, vió detrás de una cerca de pirca, el lomo de un buey, con sus cuernos.—Este es el Hombre—pensó,—y qué enormes son las uñas que tiene, pero en la cabeza, mientras tanto yo tengo las mías en las manos. Veamos si es el Hombre.—Y de un salto se puso encima de la pirca.—¿Eres tú el Hombre?—le gritó.
El Buey se puso a temblar, espantado, y sacando la voz como pudo, le contestó: