—¡Ay, ay, aicito!—gritó el Lión;—iñorcito Hombre, no peleo más con usté,—y arrancó a lo que poía cordillera aentro, a enriscase en las cumbres, pensando:—Bien icía mi finao taita que no juera a peliar con el Hombre; si con una mala palaura no más me quiebró una pata ¿qui habría sío si se me le viene al cuerpo?

Y no bajó nunca más e las montañas, sino a escondías[G].[{213}]

Estaba el viejo León en su cueva, situada entre lo riscos más encumbrados de una montaña. El León hijo, al contemplarlo tan respetable, le dijo:

—¿Habrá, padre, en todo el mundo un ser más valiente que su merced? (Así trataban antes los hijos a los padres).

—Sí, hijo—le contestó el anciano.

—¿Cómo ha de ser eso, padre, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo miedo a nadie ni respeto mas que a su merced?

—No te engañes, hijo, hay en el mundo un animal muy bravo que vence a todos; si no es por bien, por mal se han de entregar; por eso yo, que era el rey del mundo, para no verme vencido, he tenido que esconderme entre los riscos de estos cerros.

—Echeme la bendición, padre, y con su permiso iré a pelear con ese animal y lo despojaré del dominio del mundo. ¡No será tan valiente! Fuera de su merced ¿qué animal habrá tan grande a quien yo no me atreva a atacar?

—No es tan grande, hijo; pero es más astuto que todos y se llama el Hombre. Mientras yo viva, jamás te daré permiso para que vayas a pelear con él.

Quiso que no quiso, el León joven tuvo que quedarse, refunfuñando y afilándose las uñas.