—Ahora me toca a mí—dijo el Hombre.—Allá va una mala palabra; y disparándole un escopetazo, le quebró una pata.

—¡Ay, ay, aicito!—gritó el León;—señorcito Hombre, no peleo más con usted,—y huyó como alma que lleva el diablo para el interior de la cordillera, a ocultarse entre los riscos de la cumbre, pensando:—Bien decía mi finado padre que no fuera a pelear con el Hombre; si con una sola mala palabra me quebró una pata, qué habría sido de mí si se me viene al cuerpo?

Y nunca más bajó de las montañas, sino ocultándose.

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29. LOS TRES HERMANOS QUE SALIERON A APRENDER A HABLAR
(Referido por el niño M. I. Oportot, de 12 años, en 1912.)

Este era un huaso rico que tenía tres hijos de muy escasa inteligencia, y el padre quería que aprendieran a hablar como la gente educada. Dióles dinero y les ordenó que salieran a conocer mundo, se fijaran cómo hablaban las personas decentes y no volvieran hasta que no se encontraran capaces de conversar como los caballeros.

Salieron los tres hermanos y en un restaurant en que entraron a comer se sentaron cerca de una mesa en que había unos señores que jugaban al dominó.

Al mayor de los tontos le gustó mucho la frase Nosotros hemos sido, que dijo uno de los jugadores contestando a un curioso que preguntaba quiénes habían ganado la partida; y se llevó repitiéndola hasta que se le quedó impresa en la memoria. Al segundo le llamó la atención lo que dijo otro de los jugadores a quien uno de los mirones interrogó por qué jugaba, y respondió Por ganar dinero, y se estuvo dale que dale con la frasecita, hasta que le pareció que no se le olvidaría. Y al tercero, lo que más le gustó fué la expresión Por muy justa causa, que lanzó otro de los circunstantes, y que la dijo no menos de cien veces en su interior, hasta que se le quedó perfectamente grabada.

Y sucedió que cuando se volvían a su casa, muy contentos de las hermosas palabras que habían aprendido, al atravesar un campo por donde tenían que pasar, tropezaron con el cadáver de un hombre que acababa de ser asesinado y de cuyas heridas manaba sangre en abundancia.

Se quedaron los tres hermanos asustados, con la boca abierta, contemplando al muerto, y así estaban cuando llega un guardián de a caballo y les pregunta:[{219}]