Los jóvenes, que vieron salir a la señora, deseosos de conversar con las niñas, en cuanto se perdió de vista se colaron a la casa, y las niñas no tuvieron más remedio que salir al salón a atenderlos; pero ninguna hablaba, por más que los jóvenes les hacían mil preguntas.
De pronto se oyó un ruido como si un líquido se derramara en el fuego; y entonces la segunda, hablando más por las narices que por la boca, dijo a la mayor:[{220}]
—Hegmana, vaya a veg las ollas que paguese que se han subido.
Y la interpelada contestó:
—De vegas, hegmanita, se me había ogvidado el encago de la mamá.
Y pregunta la segunda:
—¿No digo la mamá que no hablágamos?
—¡De vegas! qué memoguia la mía Pog Dios! y tú también hablaste!
—Pego yo no he dicho nada—dijo la menor;—con ustedes se va a enogag la mamá y les va a pegag.
Al oir gangosear a sus prendas, los visitantes tomaron su sombrero y sin despedirse siquiera, salieron presurosos de la casa.