Cuando al otro día se levantaron y fueron a aparejar las bestias, se encontraron con que los lacillos, las sobrecargas y las amarras habían desaparecido.[{224}]

—¿Quién se habrá robado los aperos?—dijo el Capataz.—Sería capaz de darle un costal de trigo a quien me lo dijera.

Entonces un Burro que estaba pastando por ahí cerca y que había visto en la noche a una Zorra y a sus Zorritos que se llevaban los lacillos, las sobrecargas y las amarras, le dijo:

—Un almud de trigo que me pagaran y que me lo dejaran en ese peladerito, yo les traía los aperos y los ladrones.

Hicieron el trato, y entonces el Burro se fué a la madriguera de la Zorra y se tendió cerca de la entrada.

Un zorrito salió y al ver al Burro exclamó:

—¡Ay mamita! Dios ha venido a vernos! mire qué causeíto nos ha dejado aquí!

Salió la Zorra y gritó a los zorritos:

—¡Vengan, niños!, traigan los lacillos, las sobrecargas y las amarras para amarrar a este Burro y arrastrarlo para adentro. Vamos a tener comida para una semana por lo menos.

Amarraron al Burro de todas partes y se pusieron a hacer fuerzas para arrastrarlo, pero los lazos se les resbalaban de las manos. Entonces dijo la Zorra: