—Yo—dijo el menor—no trabajé en nada fijo, sino en lo que me tocaba; yo a todo le hacía. Una noche que venía por un camino muy solo, me puse a torcer un cigarrito, y cuando lo fuí a encender, me encontré con que no tenía fósforos, y mientras tanto, ya me moría de ganas de fumar. ¿Qué hice entonces? Divisé una luz en la Luna y subí hasta ella a encender mi cigarro.
—¿Y por dónde subiste?
—Por el hilo que tú torciste.
—¿Y por donde bajaste?
—Por el garbanzo que tú plantaste.
Los trescientos pesos le correspondieron al menor, que era el menos ambicioso y que ni siquiera se había preocupado en todo el año de urdir su mentira.
38. EL PEQUEN Y EL SAPO.
Estaba un Sapito arriero tomando el sol, cuando un Pequén, que lo divisó desde lo alto, bajó y se le puso al lado, sin darle tiempo para saltar al agua.
Los sapos, como los burros, tienen fama de ser torpes, pero es un error, porque son habilosazos y tienen muy buenas ocurrencias.
Vean, si no, lo que se le ocurrió al Sapo.