Al ver el peligro en que se hallaba, no se cortó; al contrario, saludó muy políticamente al Pequén y le dijo:

—Buenos días, señor Pequén, ¿cómo está su salud y[{227}] la de sus oficiales y soldados? porque, seguramente, usted por lo menos es general. Yo tengo muy buen ojo y estoy cierto de no equivocarme al decirle que debe ser general,... si acaso no es el Presidente.

El Pequén dijo para sí:

—¡Qué sapito tan dije y tan bien educado!—y en voz alta:—Estamos todos bien, sapito lindo. ¿Y qué se te ofrece a ti?

—Nada más que no me coma, señor General; siendo usted una persona tan digna, espero que no tratará de comerse a este pobre Sapo, contimás que hay aquí tantísimos ratones a su disposición y su carne es tan ricaza.

—¡Qué sapito tan bien hablado!—pensaba el Pequén para sus adentros, ¿me lo comeré o no me lo comeré? tengo tantísima hambre.—Y hablando fuerte, le dijo: Veremos, sapito, si te como o no te como.

Y en esto el Pequén bostezó y cerró los ojos, y el Sapo que no despegaba los suyos de los de su enemigo, en cuanto lo vió pestañear se echó al agua y le gritó al Pequén:

—¡Ah, pájaro indino,
saltiaor de caminos,
que andáis, como garrotero,
saltiando a los pasajeros!

Y el Pequén dijo:

—¡En qué hora estaría
que no me comí a esta porquería!