26. LA APARICION DE LA CULEBRA.
(Me lo contó en 1911 el niño D. Juan Pereira, de 16 años, de Cauquenes.)
Un caballero invitó a almorzar a una comadre que pasaba por bruja, y en medio del almuerzo le preguntó si era cierto lo que de ella se decía, y le pidió que si lo era efectivamente, hiciese que le apareciera a él una culebra enroscada en el brazo derecho. La comadre se quedó callada; pero al poco rato el caballero sintió como que se le adormecía el brazo, y poco a poco fué apareciendo una culebra, que momento a momento le estrechaba más el brazo. Entonces el caballero le pidió que la hiciera desaparecer, pero la comadre le dijo que ella misma no podía hacerlo; que tenía que ir a casa de otra bruja, que le indicó; y que llevara de unas yerbas de que le entregó un buen manojo. Fué allá, y la otra bruja le sobó el brazo con el zumo de las yerbas y la culebra fué desapareciendo poco a poco.
27. EL COMERCIANTE CONVERTIDO EN BURRO.
Nicolás Fuenzalida, de 70 años, guardián de la Biblioteca Nacional, me contó, en 1920, en presencia de varios empleados de la misma Biblioteca, que siendo joven de unos veinte años, había sido mozo de un rico comerciante que recorría todo el Sur con una recua de mulas cargadas de mercaderías, y él era uno de los diez o más hombres que lo acompañaban para el servicio y resguardarlo de los bandidos que en aquel tiempo infestaban los caminos; y que una vez que iban de viaje, se alojaron en casa de un campesino acomodado que tenía varias hijas muy hermosas. Comieron bien y se fueron a dormir, el patrón solo, en una pieza cómoda y bien amueblada, y ellos, en el pajar, cuidando de las bestias. Debían continuar el viaje al día siguiente, pero el comerciante no apareció,[{247}] sin embargo de que nadie lo había visto salir. Esperaron tres días y como el comerciante no pareciera, dieron aviso al Subdelegado, que, mientras tanto, se hizo cargo de las mulas y de las cargas.
Fuenzalida y los demás mozos se fueron cada uno por su lado.
Pasados algunos años, Fuenzalida se encontró en Santiago con su antiguo patrón y le preguntó qué le había sucedido en aquella ocasión. El comerciante le contó que el campesino dueño de la casa en que alojaron, lo había sorprendido a media noche con la menor de las niñas y, en venganza, lo había convertido en burro, porque era brujo; que lo había tenido así seis meses haciéndolo trabajar hasta dejarlo rendido, y todas las noches, antes de irse a acostar, le propinaba una paliza que lo dejaba todo derrengado; que pasados los seis meses, le había dicho:—“Creo que ya estás bien castigado de la falta de lealtad con que pagaste la hospitalidad que te di; pero si quieres volver a ser hombre, tendrás que firmarme una escritura por la que conste que te he comprado y pagado las mulas y mercaderías que todavía están en poder del Subdelegado, y entregues 10,000 pesos a mi hija, como dote; si no, seguirás siendo burro toda tu vida”. No tuve más remedio que aceptar, pues, de haberme negado, todavía sería burro y estaría viviendo a razón de hambre y yéndome a dormir previa una formidable paliza cada noche.
28. EL CABALLERO QUE QUISO APRENDER A BRUJO.
(Referido por D. Francisco 2.º Vásquez.)
Un caballero fue a visitar a un amigo y se quedó a tomar once. Servido el té, el amigo tomó una bandeja, se fué al rincón de la sala y se puso a decir:—“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!” y aunque repitió estas frases[{248}] varias veces, la bandeja continuaba vacía. Entonces salió al patio, y el caballero, desde donde estaba sentado, lo veía mover los labios como si murmurase unas palabras. Después de lo cual entró y se dirigió nuevamente al rincón con la bandeja y comenzó a repetir las mismas frases:—“¡Vengan galletas! ¡vengan tostadas!”, y la bandeja, en un instante se cubrió de galletas y tostadas riquísimas; pero muchas de las visitas que había en la casa no quisieron ni siquiera probarlas, por temor de que les ocurriera alguna desgracia.
Cuando se retiraron las visitas, el caballero le dijo a su amigo:—“Quisiera que me enseñaras la manera de conseguir los alimentos que pida”.—“No sólo los alimentos—contestó el amigo—sino todo lo que uno desee. Ven mañana, en la noche, y te enseñaré”. Volvió el caballero al otro día, ya oscuro, y el amigo lo llevó a una pieza apartada de la casa y ahí los dos se desnudaron completamente. El caballero tenía colgado al cuello un detente; el amigo le ordenó que se lo sacara y lo tirara afuera por una ventana, lo que hizo el otro. Esperaron las 12 de la noche y se fueron a un cerro cercano y cuando estuvieron arriba, el amigo balbuceó unas palabras que el caballero no entendió e inmediatamente se vieron rodeados de multitud de animales feroces y alimañas horribles. El amigo se puso a acariciar a un culebrón, que se le enrolló en el cuello, y le dijo al caballero:—“Toma tú el animal que más te guste”. El caballero tiritaba de miedo y dijo a su amigo que mejor no le enseñara el arte de ser brujo porque jamás se atrevería a ejercitarlo. Entonces el amigo murmuró unas cuantas palabras y el caballero se encontró vestido en la puerta de su casa.[{249}]