Siendo yo empleado de la Administración principal de Correos de Santiago (1888), desempeñaba el puesto de Oficial 2.º de la misma Administración don Francisco Muñoz Donoso, hermano del canónigo y famoso orador sagrado don Esteban Muñoz Donoso, en cuya compañía, y en la de toda su familia, vivía en la calle de Santa Rosa.

Un día que varios empleados de la oficina hablábamos de los tipos raros de Santiago, Muñoz Donoso nos refirió la curiosa historia de un zapatero que contaba haberse vuelto gallo, y habiendo yo manifestado deseos de oir de boca del mismo zapatero protagonista tan peregrina relación, me llevó a casa del zapatero, que también vivía en la calle de Santa Rosa.

El zapatero era un hombre entrado en años, de gesto alegre y de rostro simpático, a pesar de faltarle un ojo, cuyos párpados se hundían dentro de la cuenca.

Sabedor del objeto de mi visita y a la vista de dos chauchas que deposité sobre su mesa de trabajo, desató la sinhueso, y se lanzó a contarme aquella historia:

“Vivía en esta misma calle, cerca de mi casa, señor, un caballero rico que había perdido su fortuna en las peleas de gallo, a que era extremadamente aficionado. Un día que este caballero me trajo unos zapatos para que se los remendara, se puso a departir conmigo y a quejarse de su mala suerte: ya no le quedaban más de 200 pesos de los muchos miles que había tenido y pensaba jugarlos el domingo próximo apostando a un famoso gallo inglés que debían llevar ese día a la cancha. Yo le dije:—Antes de ir a la cancha, pase, señor, por mi cuarto, yo dejaré la puerta junta para que entre, y en mi mesita de trabajo encontrará una jaula con un buen gallo de pelea; llévelo y apueste cuanto pueda a ese gallo y esté seguro de que ganará. A la vuelta pasa a dejar la jaula donde la[{250}] encontró, y, al lado, cinco pesos por cada apuesta que gane.

“Llegó el domingo, y yo, señor, que entonces practicaba el arte, me volví gallo y me metí adentro de la jaula. Pasó el caballero, me llevó a la cancha, y despaché con toda facilidad cuatro o cinco gallos, incluso el famoso gallo inglés.

“En cuanto, de vuelta, me dejó en la mesa y se fué el caballero, salí de la jaula y me volví hombre y encontré en el sitio convenido más de cien pesos.

“Al otro día me dijo el patrón que había ganado como 5,000 pesos y quedamos en que el domingo volvería a buscar el gallo. Me volvió a llevar, y como en la vez anterior, maté todos los gallos que me pusieron al frente, y así siguió sucediendo por más de un mes, el caballero llenándose de plata y yo ganando cada domingo entre ciento y ciento cincuenta pesos, de suerte que, como estaba en la pura boya, ya ni siquiera trabajaba. Señor, todo el mundo me agarró miedo y ya no querían apostar en mi contra, porque todos se estaban arruinando. Pero sucedió que una vez, al dar fin a la pelea, un hombre flaco y muy feo, que por primera vez se le veía en la cancha, desafió a mi patrón para el domingo siguiente, diciéndole que él llevaría un gallo que valía más que el de mi patrón y que desde luego le apostaba 20,000 pesos.—“Convenido, le dijo mi patrón”, y tomando la jaula, la dejó en mi pieza con la parte de ganancia que me correspondía. Yo, señor, si le he de decir verdad, cuando oí el desafío de aquel hombre tan feazo, me dió un poquito de susto, pero, cuando llegó el domingo, para criar valor, porque el susto me duraba, tomé un buen trago de aguardiente, me volví gallo y me metí en la jaula. Cuando llegamos a la cancha, ya estaba ahí el hombre flaco, con un gallo macizo, señor, un gallo que era gigante entre los gallos, y renovó su apuesta. Fueron a los 20,000 pesos y nos pusieron a mí y a mi contrario frente a frente.

“Señor, la pelea fué tremenda. Al ver a aquel gallazo[{251}] tan grande se me picó el amor propio y me hirvió la sangre.—“¡Clo, clo, clo!—dijo mi enemigo después de un buen rato de pelea en que no habíamos hecho más que arrancarnos las plumas, y me lanza tan feroz estacazo en el ojo derecho que me lo vació por completo y casi perdí el conocimiento; pero me sostuvo la rabia y el aguardiente que había tomado, y me le fuí a la carga con todo denuedo; él se defendía también valerosamente, y el espectáculo presentaba tantos atractivos que los jugadores curiosos ni respiraban siquiera. Yo estaba, señor, ciego de la rabia de haber quedado tuerto, y criaba más valor al oir que todos apostaban contra mí.—“Van 20,000 pesos más”, gritaba el hombre flaco.—“Van 20,000 más”, contestaba mi patrón. Creo que entre todos los jugadores apostarían más de 100,000 pesos a favor del otro gallo. El caso es que de tanto pelear estábamos los dos contendientes bien cansados, pero yo veía que el otro estaba más gastado que yo; y picotazo va y picotazo viene, y un espolonazo chingado y otro que se perdía en el aire, pillé a mi enemigo en un descuido y... ¡Clo, clo, clo, clo!... con todas las fuerzas que me quedaban, le atravesé con la espuela la cabeza y lo dejé tendido, muerto. Señor, no se oían mas que las maldiciones de los perdidos, que eran casi todos los que ahí estaban, y la voz del patrón que contaba la plata que recibía y se embolsicaba muy placentero.

“El patrón me dejó al lado de la jaula $5,000, y al otro día, al verme tuerto, me preguntó qué me había pasado. Sólo entonces le conté que era yo el que peleaba convertido en gallo, y le dije que ya no pensaba volverme gallo nunca más. Creo, señor, le agregué, que el gallo que maté era un hombre como yo, y quién sabe si era el Diablo el que lo llevaba.