“Apenas entré al bosque, se me puso por delante la muchacha con que había estado remoliendo, y tirándome un atado de pasto me dijo:—“Toma, pa qui aprendáy a burlarte de las mujeres; yo te volví caballo; cómete ese pasto y mandate a cambiar”.
“Me comí el pasto y en cuanto tragué la última mascada, me volví hombre otra vez.
“Ya era de noche y apreté a correr para el pueblo y en el primer rancho que vi con luz golpeé y salió a abrir la puerta una mujer como de unos veinticinco años, nada mal parecida.
—“Señora, le dije, deme alojamiento por esta noche, porque no sé a dónde dirigirme, y me siento muy cansa[{255}]do; he perdido mi caballo y ni siquiera sé en qué parte me encuentro.
—“Está a la entrada de Talagante, señor, y por lo que hace a alojamiento, no hay en el rancho mas que esta pieza y no tengo otra cama que la que usted ve”—y me mostraba una pallasa tirada sobre un catre; además, mi marido no está en la casa, pues salió a hacer unas diligencias y no volverá hasta mañana.
—“Señora, permítame que me ponga en un rincón cualquiera; si lo único que deseo es estar bajo techo, y no se moleste por mí.
—“Si no es tan delicado como yo creía, entre, pues, señor.
“La mujer se desnudó y acostó, y en seguida me dijo:
—“Ya sabe usted que no hay más que esta cama, si quiere, venga a acostarse a mi lado.
—“Pero, señora, si aquí estoy bien y no quiero molestarla, si me basta con no dormir al sereno.