Una vez un hombre que tenía que ir a dejar unas cargas de trigo a un lugar vecino a donde se podía llegar por esos callejones o por otro camino, dijo que iría por los callejones y que se reía del sacerdote que contaban se aparecía y que no le importaba nada aunque le salieran todos los curas y frailes de la tierra, que para defenderse de ellos le bastaba un cuchillo que llevaba, de una media vara de largo; y aunque su mujer y sus amigos le rogaron que no hiciera tal, él partió para los callejones.
Pocas cuadras había andado por ellos, cuando se le aparece el sacerdote y se le pone por delante; pero nuestro hombre saca su cuchillo y la emprende contra la apa[{262}]rición. El cura vuelve cara y toma la fuyenda y el hombre le sigue de atrás blandiendo su arma, aunque sin lograr alcanzarlo. Improvisamente el clérigo desapareció por entre unos matorrales, sin dejar huella alguna; pero como el hombre vió el lugar por donde el sacerdote se hizo humo, se puso a cavar la tierra con el cuchillo, que de pronto tropezó con un cuerpo duro, hasta que dejó descubierta una gran tinaja que destapó y vió que estaba llena de monedas de oro y plata. Entonces fué a buscar las cargas de trigo y, vaciándolas, llenó los sacos de monedas y se volvió a su casa.
Cuando llegó era ya de noche y le dijo a su mujer que encendiera luz.
—No hay mas que un cabito de vela—le dijo ella.
—Enciéndolo—le contestó el marido.
Lo encendió ella, y él entró los sacos y los vació en medio de la pieza. La mujer, cuando vió tanta riqueza, casi se desmayó, y dijo al marido toda asustada y llorando:
—¿Qué has hecho, desgraciado? ¿Dónde has robado toda esa plata?
El marido la tranquilizó contándole cuanto le había sucedido.
Hizo aún dos viajes más y llegó a ser el hombre más rico de su tierra. Vive todavía en Chillán.