En 1890, más o menos, en una casa situada en la calle de la Recoleta, de Santiago, frente a la iglesia de este nombre, en la cual vivió y murió un clérigo, habitaba un hombre que se llamaba Pedro (el informante no se acuerda del apellido), que tenía una tienda en la misma casa, y a su servicio un muchachito como de 12 años. Una mañana encontró el dicho Pedro al muchachito tendido en el patio, sin conocimiento; después de hacerle algunos remedios, volvió en sí, pero muy asustado. El patrón le preguntó qué le había pasado, y aunque haciéndose mucho de rogar, contó al fin que en la noche salió a hacer una necesidad y cuando volvía vió en el patio, debajo de un naranjo, a un clérigo que le dijo que ahí mismo había dejado una gran cantidad de plata enterrada. Pedro dijo al muchacho que habría soñado y que[{260}] no hiciera juicio de leseras. Al día siguiente le pagó el sueldo de un mes, le ordenó que se fuese a medicinar a su casa y que no volviera hasta que estuviere bien bueno.

En la misma noche el hombre se puso a cavar, y efectivamente encontró un entierro. Realizó su negocio y se fué para el campo a trabajar en tienda y despacho.

De la plata que encontró debajo del naranjo, nada gastó hasta pasado un año, pues, de otro modo, la habría perdido toda.

Fué muy rico, pero se botó a tunante y no pasó de una modesta medianía.

37. LOS DOS VIAJEROS
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)

Dos hombres habían salido a hacer una excursión a pie, y después de mucho andar se extraviaron y rendidos de fatiga se recostaron en la tierra, a la sombra de unos árboles. Uno de los excursionistas se quedó dormido casi inmediatamente, pero el otro no pudo cerrar los ojos y se sentó a fumar un cigarrillo. Mientras fumaba, miró a su compañero, que seguía durmiendo como un ángel de Dios, y se extrañó sobremanera de ver que de su boca salían unos como globitos de colores que se desvanecían en el aire, pero de repente salió uno mucho más grande que los otros que se elevó un poco y después siguió en dirección hacia el oriente, rodeado de unos cuantos jotes que lo acompañaban dando manifestaciones de alegría. Esto le llamó mucho la atención y, levantándose, siguió al globo y a sus acompañantes, los cuales no se detuvieron sino al llegar al pie de un peñasco situado en la falda de un cerro cercano, debajo del cual se introdujo el globo. El hombre dejó una señal y volvió a reunirse con su compañero, que todavía dormía. Para despertarlo, lo remeció fuertemente; pero fué menester repetir tres veces la operación para que produjera resultado. El dormilón, al[{261}] despertar, dijo a su amigo:—“Soñaba un sueño muy lindo: que iba por un camino y me encontraba con unos amigos que me recibieron muy alegremente y me dijeron que me iban a regalar un tesoro; cuando tú me despertaste, me llevaban a mostrármelo”.

El amigo escuchó la relación, y en seguida condujo a su compañero al pie del peñasco y sin contarle lo que había visto, lo invitó a que lo acompañara a cavar en el lugar en que había visto desaparecer el globo de color, y, como lo esperaba, a las pocas azadonadas, tropezaron con una gran paila llena de onzas de oro.

Sólo después de repartirse el tesoro entre los dos, contó el que había estado en vela a su amigo dormilón todo lo que había visto.

38. EL CLERIGO
(Contado por D. Francisco 2.º Vásquez, en 1911.)

Hace tiempo, nadie se atrevía a pasar por unos callejones que hay cerca del río Putagán, porque de improviso, sin que supieran de dónde salía, se presentaba a los transeúntes un sacerdote y, aunque nada les hacía, se apoderaba el miedo de ellos y volvían pie atrás, huyendo despavoridos.