—Princesa, yo soy aquel Canario que os arrebató la madeja de seda, el dedal y las tijeras y que más tarde os aconsejó lo que debíais hacer para libraros y librarnos de la malvada hechicera que por satisfacer una ruin venganza mató a nuestros padres y nos tenía hechizados a mí, a mis hermanos y a nuestro pueblo. Bien sabéis que yo os amo y que no podré vivir sino en vuestra compañía. Sé que vos me amáis también, pues por amor a mí habéis arrastrando tantos peligros. ¿Queréis que vayamos ahora mismo donde vuestro padre, que es nuestro vecino, para pedir vuestra mano?
—Príncipe, contestó la joven, mi anhelo es ser vuestra esposa; partamos cuanto antes.
El pueblo, entusiasmado, aclamó a la Princesa, llamán[{43}]dola su reina, su buena y querida reina, y jurando amarla y protegerla de todo peligro.
Grande fué el alborozo del Rey, padre de la Princesa, al verla llegar completamente sana de su enfermedad y en tan buena compañía. Las bodas se celebraron al día siguiente y hubo grandes fiestas y regocijos públicos en los dos reinos, cuyos pueblos confraternizaban como si fueran uno. Los novios fueron muy felices; gobernaron a su pueblo con bondad paternal y Dios los premió dándoles hijos bellos y virtuosos, que les hicieron agradable su peregrinación en esta vida.
7. EL REY TIENE CACHITO
(Contado por el Presbítero don Osvaldo Martínez, de Santiago, en 1912)
Este era un Rey que cayó enfermo de un fuerte dolor a la cabeza. Su dolencia lo obligó durante muchos días a guardar cama y durante ellos no pudo ocuparse de los asuntos de gobierno. Cuando se levantó, se encontró con que le había salido un cachito.
El Rey, por supuesto, quiso tener oculta de todos esta desgracia; pero no lo consiguió: el pelo le creció tanto que tuvo necesidad de hacer llamar a un peluquero, encargando que le trajeran el más discreto de la ciudad.
Sus Ministros pasaron revista a todos los fígaros de la capital y por fin creyeron encontrar al que su Majestad necesitaba: era éste un pobre hombre que, aunque manejaba magistralmente la tijera y la navaja, casi no tenía clientela porque era muy reservado y poco comunicativo; no hablaba sino cuando era de absoluta necesidad.[{44}]
Con los informes de los Ministros, el Rey lo nombró su peluquero.
En la primera sesión, el Rey le dijo que a ninguna persona debía comunicarle su desgracia y le exigió bajo juramento que así lo hiciese. El Peluquero juró que a ninguna persona diría que el Rey tenía un cachito. Después de esto le cortó el pelo y se retiró para volver dentro de un mes.