No hizo mas que salir el Peluquero y sentir un desasosiego como nunca lo había tenido; y lo peor es que este malestar no lo dejaba y experimentaba como una necesidad de echar afuera aquel secreto que le hormigueaba por todo el cuerpo. Y aquí tenemos a nuestro hombre, que hasta entonces había vivido tranquilo, convertido en el ser más desgraciado de la tierra: no comía, no dormía, no trabajaba, no tenía ánimos para nada.
Y sin embargo de no comer, se iba hinchando, hinchando hasta ponerse redondo como una tinaja.
El pobre hombre se sentía desfallecer, no hallaba qué hacerse; estaba seguro de que se moriría en horas más si no contaba su secreto. Pero ¿y el juramento? El era buen cristiano y por nada de la vida perdería su alma.
Desesperado, salió al campo; y aquí le ocurrió una idea salvadora. Con una estaca que halló a mano abrió un hoyo y echándose de barriga en tierra se puso a decirle:—¡El Rey tiene cachito! el Rey tiene cachito!—repitiendo la frase no menos de cien veces; y a medida que la iba diciendo, la barriga se le iba deshinchando. En seguida tapó el hoyo con la misma tierra que de él había sacado.
¡Qué desahogado, qué aliviado y qué flaco se levantó el Barbero! ¡Qué feliz se sintió! Pocos momentos después llegó a su casa pidiendo desaforadamente que le dieran de comer; ¡qué apetito! todo lo que le servían se le hacía poco! La mujer estaba desesperada: ¿de dónde sacaría alimentos suficientes para llenar aquel tonel sin fondo? Se comió todo lo que pilló a mano, cuanta materia engullible había en la casa, y por fin, más cansado de hacer[{45}] funcionar las mandíbulas que satisfecho, se acostó. ¡Era de ver la placidez con que dormía el santo varón! Durmió dos días con sus noches, y se levantó feliz, cantando y con grandes disposiciones para trabajar. Era otro hombre.
Pasaron los días uno tras otro hasta completar una semana, cuando ocurrió una cosa inesperada. Los niños de la escuela habían ido a hacer la chancha al campo vecino y encontraron una mata de capachitos, que había brotado precisamente en el lugar en que el Peluquero había hecho el hoyo; arrancaban las florecitas y tomándolas con el dedo pulgar, índice y cordial, las reventaban en sus frentes, como tienen costumbre de hacerlo; pero en esta vez la florecitas, al estallar, decían:
—¡El Rey tiene cachito!
Admirados los niños de este prodigio, llevaron a sus casas todos los capachitos que quedaban y repitieron la prueba y los capachitos siempre decían:—¡El Rey tiene cachito!
No se podía dudar de la noticia, y ella corrió como el aceite: en pocos instantes la conocía toda la ciudad. Y tanto y tanto cundió que llegó a oídos del Rey.
El Rey hizo llamar al Peluquero y después de apostrofarlo duramente le dijo que le haría pagar con la vida su indiscreción. El Peluquero respetuosamente repuso:—Señor, yo juré a Vuestra Majestad no decirle a ninguna persona su secreto y lo he cumplido, porque hasta ahora no se lo he dicho a alma nacida. ¿Qué culpa tengo yo si los capachitos lo andan proclamando a los cuatro vientos?