Por cierto que se cuidó de contarle lo que había hecho, y como de esto no había testigos, el Rey hubo de perdonarlo.[{46}]

8. EL CUERPO SIN ALMA.
(Referido en 1912 por Beatriz Montecinos, de 50 años, de Talca)

Para saber y contar y contar para saber.

Este era un caballero que tenía un fundo cerca de la ciudad, muy grande y muy hermoso, pero que tenía la maldición de que nadie podía vivir en él, porque, sin saber cómo ni por qué, al otro día amanecían muertos los que pretendían trabajarlo. El caballero estaba desesperado, y ofreció darlo a medias al que se atreviese a sembrarlo.

Había en la misma ciudad una viuda muy pobre, que tenía tres hijos, decididos y valientes, los cuales se pusieron de acuerdo para trasladarse al fundo. Partieron, llevando cada uno un pedazo de pan y otro de queso, que para más no les alcanzó el poco dinero que tenían.

Habían andado ya un buen trecho, cuando el menor se hizo a un lado de sus hermanos, que siguieron andando, porque se le ofreció una necesidad. Iba ya a reunirse con ellos, cuando se le presentó una pobre vieja pidiéndole una limosna. El, compadecido, le dió el pan y el queso que llevaba, y entonces la anciana le entregó una varillita, diciéndole que era de virtud y que le haría todo lo que le pidiese, y desapareció.

Llegaron los tres hermanos al fundo muy de madrugada y convinieron en que mientras iban a trabajar los dos menores, el mayor se quedaría haciendo la comida para los tres.

Fueron los menores al trabajo y cuando el mayor tenía hecha la comida y en punto para servirla, salió de un pozo que había cerca de la cocina un enorme Culebrón, y el joven, del susto, se fué de espaldas y casi se mató del golpe.

—La vida o la comida, le dijo el Culebrón.

—La comida, le contestó el pobre, más muerto que vivo.[{47}]