El Culebrón devoró la comida y en seguida desapareció por el pozo.
Poco después llegaron los otros dos hermanos, quienes, de tanto que habían trabajado, venían que no podían más de hambre. Cuando supieron lo que había pasado, casi se murieron de rabia.
Al día siguiente se quedó el segundo haciendo la comida, partieron a trabajar los otros dos, y sucedió lo mismo que el día anterior: salió el Culebrón, se comió la comida, y dejó tocando tabletas a los tres hermanos.
El tercer día se quedó el menor, y en el momento en que éste retiraba la olla del fuego, salió el Culebrón y le dijo:
—La vida o la comida.
—Ni la vida ni la comida, le respondió el joven, y poniéndose en facha con su varillita en la mano, obligó al Culebrón a retirarse a su pozo bastante mal herido.
Llegaron los otros dos, y comieron todos con mucho apetito.
Después dijo el más joven:
—Para vernos libres en adelante de este estorbo, amárrenme con un cordel y descuélguenme en el pozo y yo mataré al Culebrón donde se encuentre. Cuando mueva la cuerda es para que la tiren y me suban.
Bajó el joven, y en el fondo del pozo se encontró con un hermosísimo palacio, que tenía todas las puertas y ventanas cerradas. Golpeó inútilmente, porque no le abrieron. Entonces, sacando su varillita, dijo: