Entonces el Soldadillo le dijo al hombre:

—¿Por qué no te venís con nosotros? Te daremos buena paga.

—Métale, pus, ñor—contestó Andín, Andón, hijo del buen Andaor; y para probarles que era cierto lo que les había dicho acerca de las fuerzas que tenía, agarró a los tres compañeros en sus brazos y siguió cargado con ellos, como si tal cosa.

Bien les vino a los pobres, porque estaban muy cansados.

Así anduvieron por tres días, hasta que encontraron a un hombre sentado en la tierra, que con una mano rodeaba una de sus orejas, como para escuchar mejor. El Soldadillo le dijo:

—¿Qué hace ahí, mi amigo? ¿se puede saber?

—Como nó—le contestó el hombre:—estoy oyendo a una niña que está encerrada siete estados bajo tierra llorando sin consuelo y quejándose de que la tienen encan[{8}]tada. En este momento, dice: ¿Qué será del Rey, mi padre? ¡Cómo llorará mi madre! ¡Cuándo vendrá el príncipe que ha de libertarme!

El Príncipe no dudó que la princesa encerrada era la que él buscaba, e inmediatamente preguntó al hombre:

—¿Cómo te llamas tú?

—Yo me llamo, señor—le contestó—Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor.