—¿Qué es esto, mamita? preguntó el niño.
—Esta es el agua maravillosa que da vista a los ciegos; pero ¡dame tu guitarra, hijito!
—Más adelante se la daré, mamita.
Un poco más allá, siguiendo la misma calle, en medio de otra, entre jardines y sobre una mesa hecha de un solo diamante, vió el niño un castillo en miniatura, de marfil, del cual salían voces argentinas de una belleza inefable que lo dejaron extático por un momento; se habría dicho que dentro había un coro de ángeles. Al mismo tiempo, de las troneras del castillo salían como disparados unos pequeños proyectiles, que una vez en el aire, se movían graciosamente como si bailasen.
El niño preguntó:
—¿Y qué son estas cosas, mamita?
—Estas son las torres que cantan y las almenas que bailan; pero ¡dame tu guitarra, hijito!
—Dentro de poco se la daré, mamita; no tenga cuidado.
Por fin llegaron a un lugar en que había muchas velas encendidas, unas largas, casi enteras, otras medianas y otras menores.
—Y esto ¿qué es, mamita?