Frente a la puerta del palacio echó el niño sobre sus hombros el odre y, recordando las instrucciones del León, dió al leoncito tres golpes con la varilla, diciéndole al mismo tiempo: «ándate para tu casa». El leoncito desapareció.[{63}]

El odio de la Reina para con el hijo de la ciega creció después de esta aventura y juró que lo haría morir. Hízose enferma nuevamente y le dijo al Rey que había soñado que no sanaría sino viendo las torres cantando y las almenas bailando, y que debía ser el niño quien se las había de traer. El Rey, temiendo la ira de la Reina, ordenó al niño, a pesar del cariño que le tenía, que fuese en busca de los objetos que aquélla decía necesitar.

El niño se fué llorando al calabozo y le contó a su madre lo que la Reina exigía de él.

—No tengas cuidado—le dijo la ciega—la Reina quiere que mueras; pero si sigues mis instrucciones, nada te sucederá. Pide al hortelano que te preste un burrito y a la mujer del jardinero su guitarra. Montado en el burro, tomas tal y tal camino; y después de andar siete horas, llegarás a una ciudad encantada, en la cual no verás más ser humano que una vieja bruja. Desde que divises la ciudad tocarás la guitarra sin cesar hasta que salgas, y, aunque la vieja te la pida, ni dejarás de tocar ni se la darás. Tú tienes bastante inteligencia para manejarte bien en lo demás que pueda sucederte.

Se abrigó el niño con un poncho, porque hacía mucho frío, y montado sobre el burro y con la guitarra colgada al cuello por medio de una correa, se dirigió a la ciudad. Cuando estuvo cerca, se puso a tocarla y le salió al encuentro una horrible vieja que le pidió se la vendiera; pero el niño, sin dejar de tañerla ni un momento, le contestó que no la vendía, pero que más allacito se la daría si le mostraba todo lo que había de interesante y curioso dentro de la ciudad.

Se pusieron en marcha, el niño toca que toca y la vieja chancleteando a su lado, hasta que llegaron a un chiquero muy elegante, en que había un chanchito muy bien cuidado.

—¿Y este chanchito, mamita?

—Este chanchito es la vida de la actual mujer de tu padre; ¡pero dame tu guitarra, niño![{64}]

—Más adelante se la daré, mamita.

Continuaron por la misma calle; el niño dale que dale a las cuerdas de la guitarra y la vieja sin perderle pisada. Llegaron a una plaza, en medio de la cual, entre flores de colores brillantísimos que despedían una fragancia exquisita, se elevaba una delgada columna de agua dorada.