Provisto de la cacerola y de las raciones de pan, leche y sal suficientes, se dirigió afuera de la ciudad y siguió por el camino que su madre le había indicado, hasta llegar a la peña. Allí se detuvo, hizo la sopa de pan con leche y depositó la cacerola entre el riachuelo y la peña y ocultándose detrás de un corpulento árbol, esperó. Pocos momentos después llegaron a sus oídos los espan[{62}]tosos rugidos de un león, y casi en seguida vió aparecer a la terrible fiera, que, rabiosa, rugía y escarbaba la tierra, y abriendo las narices aspiraba el aire en todas direcciones como si buscara con el olfato el lugar en que se encontraba un ser extraño; pero sucedió que lo primero que llegó a sus narices fué el olor suavísimo para él de la sopa de pan con leche, y dirigiéndose al sitio en que el niño la había dejado, se la tomó poco a poco, saboreándola con delicia.
Una vez que concluyó de comérsela, se lamió los bigotes y exclamó:
—¡Qué cosa más rica! ¡Quién la habrá dejado aquí? Y entonces el niño, saliendo de su escondite, exclamó:
—Yo la traje, señor León.
El León lo miró un poco sorprendido y después de un rato, le preguntó:
—¿Qué quieres que te dé en pago del placer que me has proporcionado?
—Señor León—le contestó el niño—lo que quiero es un poco de leche de leona en odre de león, y que sea llevada al palacio por un león, para que se mejore la Reina, que está enferma.
—Está bien—le dijo el León—tendrás lo que pides; pero, en cuanto llegues al palacio, le pegarás tres veces en la cabeza con esta varillita al leoncito que conduzca el odre y le dirás «ándate para tu casa».
Y mientras el León hablaba, apareció un leoncito con un odre sobre sus espaldas.
Púsose en marcha el niño, yendo adelante el leoncito con su carga. Cuando llegaron frente al palacio, estaba la Reina en uno de los balcones, y al divisar al niño y a su compañero, casi se murió de ira.