—¿Quién es tu padre?

—El Trueno.

—¿Y tu madre?

—La Lluvia.

Poco después de haberle hecho sacar los ojos a su séptima mujer y haberla encerrado en el calabozo, el Rey se había casado por octava vez; pero en ésta le salió el futre, como vulgarmente se dice, porque la nueva esposa no era el manso cordero, ni la humilde paloma que las anteriores. Mujer de carácter fuerte, de corazón duro y envidiosa, dominó a su marido por completo. El Rey se fué acostumbrando poco a poco a obedecer, y como consecuencia, su carácter se debilitó y dulcificó.

Como dijimos, el chico le cayó en gracia al Rey, sólo de verlo, y mucho más cuando lo oyó responder con tanto despejo a sus preguntas; y ordenó que lo vistiesen bien y lo dejasen en completa libertad para andar por el palacio y sus dependencias.

El niño vivía con la servidumbre, que lo adoraba. Cuando concluía su comida, recogía todos los restos y se los llevaba a las ciegas, con las cuales conversaba un rato[{61}] cada vez que entraba a la prisión, especialmente en la noche, antes de retirarse al cuarto que se le había destinado.

A medida que el niño crecía en altura, crecía también en inteligencia, de tal modo que su fama salió de los patios de la servidumbre y llegó a oídos de la Reina. Ella también quiso oírlo, y al escuchar sus contestaciones tan prontas y oportunas, se propuso perderlo. La Reina era envidiosa y no tenía hijos. Se fingió enferma, hizo llamar al Rey y le dijo que había soñado que no sanaría de su enfermedad sino tomando leche de leona traída por un león en odre de león, y que había de ser el niño quien la fuese a buscar.

El Rey, que no hacía sino la voluntad de su mujer, aunque a disgusto ordenó al niño que cumpliera los deseos de la Reina. El niño, muy afligido, fué a contarle a su madre lo que le pasaba, y ésta le dijo:

—La Reina quiere perderte, pero nada te sucederá si sigues mis consejos. Pide al cocinero, antes de partir, una cacerola, pan, leche y sal suficiente para sazonarla; te vas por tal y tal camino hasta que llegues a una llanura en que verás una gran peña a orillas de un riachuelo sombreado de árboles; haces una sopa de pan con leche y dejas la cacerola entre el arroyo y la peña y te ocultas detrás de un árbol. Poco después llegará un león, que después de olfatear la sopa la comerá; una vez que se la haya tomado toda, dirá él:—¡Qué buena está esta sopa! ¿Quién la habrá traído?—Entonces sales de tu escondite y le contestas:—«Yo, señor», y el león, agradecido te dará lo que le pidas.