La misma suerte corrieron cinco niñas más, con las cuales el monarca contrajo matrimonio sucesivamente.[{59}]

Las siete desgraciadas tuvieron un hijo cada una en su prisión, pero sólo la primera lo conservó; las otras, muertas de hambre, se comieron los suyos, y si no hubiera sido porque la primera mujer logró ocultar a su hijo y que éste, como si adivinara el destino que le estaba reservado si las compañeras de su madre lo descubrían, jamás lanzó el menor gemido ni se le oyó llorar.

La criatura era hermosa y fué creciendo. Su madre le enseñaba a hablar en las noches, cuando sus compañeras dormían, y paulatinamente fué comunicándole los pocos conocimientos que tenía, lo que el niño aprendía con suma facilidad, porque estaba dotado de gran inteligencia.

Una vez el niño encontró un clavo y, jugando, se puso a escarbar la pared al lado del sitio que ocupaba su madre. La muralla, con la humedad, estaba blanda, así es que en pocos momentos hizo un pequeño forado por el que penetró un poco de luz; le dieron deseos de salir para conocer el mundo, de que tanto había oído hablar a su madre, y para conseguirlo continuó trabajando hasta que el agujero fué suficientemente grande para dejarlo pasar. Le contó a su madre lo que había hecho y le pidió que mientras él andaba afuera cubriera ella el forado con su cuerpo para que el carcelero no lo viese.

Salió el chico y se encontró con un hermoso huerto. No se cansaba de admirar el cielo, tan azul y tan bello; mucho también le llamaron la atención los árboles, las flores y los frutos; tomó algunos de éstos, los probó y los encontró sabrosísimos. Cogió entonces todos los que pudo para llevárselos a su madre, la cual sólo entonces comunicó la existencia de su hijo a sus compañeras de desgracia e hizo que el niño les repartiera frutas.

Desde ese momento el niño fué la alegría de todas, que lo quisieron entrañablemente, y él les pagaba su cariño renovándoles cada día las provisiones que tomaba en el huerto.

Cada vez que el niño estaba fuera, la madre pasaba[{60}] sobresaltada, temiendo que uno de los hortelanos lo encontrara y lo llevase a presencia del Rey. Por lo que pudiese suceder, le dijo un día:—Hijo, si te llegan a ver, te preguntarán de dónde vienes, cómo te llamas y quiénes son tus padres, y tú contestarás que vienes del mundo que tu nombre es el Viento y que eres hijo del Trueno y de la Lluvia.

Pasó algún tiempo, más de un año, sin que nada se descubriera, porque el chico practicaba sus excursiones muy de mañana y los hortelanos no eran madrugadores; pero una vez que uno de éstos se levantó más temprano que de costumbre, fué cogido y llevado a la presencia del Rey. Al Rey le cayó en gracia el chico y le preguntó:

—¿De dónde vienes?

—Del mundo.