—Padres, la Corderita me ha sanado; me siento perfectamente bien y es preciso que me dejen casarme con ella.
Apenas el Príncipe dijo estas palabras, cumpliéndose el vaticinio de la viejecita que había dado a la Corderita la virtud, se transformó ésta para siempre en la bellísima niña que todos habían visto en las fiestas, y los Reyes, henchidos de contento, consintieron en el matrimonio de su hijo con la joven.
Los novios fueron muy felices y vivieron en una perpetua luna de miel y tuvieron muchos hijos.
El hermano de la joven, que hasta el día antes del ma[{58}]trimonio había continuado como pastor, fué ennoblecido y siguió viviendo en la Corte, desempeñando empleos muy principales.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento.
10. LAS SIETE CIEGAS.
(Referido por el niño Luis Smith, de 12 años, en 1910)
Hubo en un país lejano un Rey muy malo que se complacía en el daño que causaba a sus súbditos.
Un día que salió a cazar, y se extravió en el bosque, vió en la puerta de una choza a una jovencita muy bella y agraciada, y llevándola a Palacio se casó con ella.
Un mes nada más duró la felicidad de la Reina. Transcurrido este corto tiempo, durante el cual el Rey fué tierno y cariñoso con ella, se reveló nuevamente en él el hombre perverso, de fieros instintos. Con pretextos y sin pretextos, todo lo encontraba malo, y como la Reina era la persona que tenía más cerca, la desgraciada pagaba el pato. Un día que amaneció de más mal humor que de ordinario, hizo sacar los ojos a la Reina y ordenó que la encerrasen en un calabozo húmedo y sin luz, que daba a uno de los patios interiores del palacio, y que la sometiesen a una alimentación escasa.
Poco tiempo después, el Rey se casó con otra joven, la cual también sólo un mes fué feliz, y pasó otro mes al lado de su esposo sufriendo toda clase de vejámenes; después, privada de la vista, fué a hacer compañía en el calabozo a su predecesora.