El otro día era el último de las carreras. La afluencia de gente fué mayor; puede decirse que toda la ciudad se había trasladado a presenciarlas.

A la misma hora que los días anteriores, llegó la joven en una carroza de diamantes arrastrada por cuatro parejas de caballos y servida por doce negros; su traje tenía los colores de la luna, de las estrellas y del sol naciente, y si linda la habían encontrado las otras dos veces, más linda la hallaron esta vez. Todos los ojos estaban clavados en ella y de los labios de la muchedumbre no salían sino alabanzas en su honor. Apenas la divisó el Príncipe[{57}] fué a sentarse a su lado a cortejarla. Cuando estaba hablándola con más entusiasmo, llegó un paje con un recado de la Reina y el Príncipe tuvo que abandonar su asiento por un momento; a su regreso se encontró con que estaba vacío el lugar que ocupaba la niña.

Se acabaron las fiestas y nadie volvió a ver a la joven.

El Príncipe se puso muy triste y languidecía rápidamente. Los médicos nada pudieron para curar su mal y los Reyes lloraban la próxima muerte de su único hijo.

Un día, cuando ya se había perdido toda esperanza de salvación, dijo la Corderita a la Reina:

—Mamá, ¿quiere que vaya yo a cuidar al enfermo? Quién sabe si pueda sanarlo!

¡Qué se perdía con que fuese! La Reina consintió y ella misma condujo a la Corderita a las habitaciones del enfermo y la dejó allí.

Apenas se retiró la Reina, la Corderita pidió muy quedito a la varillita que la convirtiera en mujer, ataviada con el mismo traje con que se había presentado a las carreras, y una vez transformada, se acercó a la cama del enfermo y lo llamó dulcemente. El Príncipe abrió los ojos y a la vista de su amada sintió que le volvía la vida.

Tres horas conversaron alegremente y al terminar este tiempo la joven tornó a convertirse en la Huachita Cordera.

El Príncipe hizo llamar a los Reyes, y les dijo: