La Reina se dijo un día:—Si un rústico pastor ha podido enseñar a este animalito a pronunciar unas cuantas palabras, ¿por qué no he de conseguir yo que aprenda a hablar como una persona?
Desde ese día comenzó a enseñarle a hablar, y la Huachita se hacía la que no sabía y que poco a poco iba aprendiendo.
Pasó así algún tiempo, hasta que para celebrar una victoria obtenida por el Rey, se organizaron grandes fiestas, entre ellas unas carreras de caballos a que debía concurrir toda la Corte.
Cuando llegó ese día, la Corderita, que hasta entonces no había hecho uso de la virtud que tenía, quiso ir a las carreras; y después que los Reyes, el Príncipe y demás potentados que vivían en palacio salieron, ella también salió sin que nadie la viera, y se fué al campo, y al lado de un espino que allí había, dijo:
—Varillita de virtud, por la virtud que Dios te ha dado, haz que me convierta en mujer, vestida con un traje de color de estrellas y que aparezca aquí para llevarme a las fiestas una carroza de plata arrastrada por dos parejas de caballos y servida por tres pajes negros. E inmediatamente se encontró convertida en una hermosísima joven, vestida como había pedido y con el coche con los tres negritos. La piel de cordero estaba a su lado, y antes de subir a la carroza la dejó colgada de una rama del espino, y partió.[{56}]
Cuando llegó a la plaza, atrajo las miradas de todos por su hermosura y la riqueza y esplendor de su traje. Nadie la conocía y unos a otros se decían: «¿de dónde vendrá esta princesa?» El Príncipe, sobre todo, la atendió mucho y se enamoró perdidamente de ella. Cuando sonó la hora en que debía retirarse, el Príncipe le preguntó si volvería al día siguiente y ella le contestó que sí.
En la Corte no se habló en el resto del día de otra cosa que de la fiesta; pero la preocupación de todos era la bellísima joven desconocida.
Llegó el día siguiente y todo el mundo se trasladó a las carreras.
Una vez que la Corderita se encontró sola, volvió al campo, y al pie del espino pidió a la varillita que la transformara en mujer, vestida con traje de color de la luna y las estrellas y la condujese a la fiesta en una carroza de oro arrastrada por tres parejas de caballos y servida por seis pajes negros; y al punto todo se hizo como ella lo había pedido. Dejó la piel de oveja colgada de una rama del espino, subió al carruaje y se fué a las fiestas.
A su entrada, la atención de la multitud se concentró en ella, y si hermosa la habían encontrado el día anterior, más hermosa aun la encontraron en este día. El Príncipe, todavía más enamorado, fué a colocarse inmediatamente a su lado y allí estuvo conversando con ella hasta el momento que la joven se levantó para retirarse.